Una historia muy perra o una perra historia. La de un anciano decrépito, taquero jubilado que a sus 78 años NO está escribiendo una novela –Teo, ¿Por Teodoro, por Theodor, por Theodor Adorno?- en algún departamento (el 3-C) en el centro de la ciudad de México, aunque Francesca, la líder del grupo fundamentalista de tertulia literaria del edificio de viejitos, la presidenta de la asamblea del edificio, la autoridad última en materia de chismes y calumnias le asegura a todos que así es:

  – ¡Es un artista!

   – ¡Yo no soy artista!

   – ¡Se los dije, es taxista (gritó Hipólita)!

   – En realidad estoy jubilado.

   – ¿Y se puede saber a qué se dedicaba?

   – Era taquero.

    – ¡Taquero!  

                 – […] ¡Le pido disculpas por haber sido taquero, Madame!

                 – […] No mienta, en el edificio, todos nos enteramos de todo…

                 – ¿Acaso un taquero le parece digno de escribir una novela?     “

Un grupo de viejitos mojigatos que amortiguan el tiempo mientras despachan sus lecturas al ritmo del zaguán -personas entrando, personas saliendo- mientras Teo, fiel a su ejemplar de la “Teoría Estética de Adorno” que en la primera página -una página en blanco- tiene un sello de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM (“ladrón que roba a ladrón, que roba a ladrón”).

Una historia contada por un tal Juan Pablo Villalobos1,que según la solapa del libro, ha sido investigador de temas tan dispares como la ergonomía de los retretes, así como los efectos secundarios de los fármacos contra la disfunción eréctil o la excentricidad en la literatura latinoamericana del siglo XX; y muy posiblemente sobre los tacos de perro en la Ciudad de México. Artista-escritor que se da un festín lacónico en cuanto a los detalles que rodean a Teo en su mundo de taquero jubilado, amigo de uno que otro que no se preste a sermonearlo -incluidos viejitos, cucarachas y perros dispuestos a comercializarse-.

 Traigo el mensaje del señor –dijo- / chévere –respondí-, ¿a cuánto el gramo? […] Luego bajó la vista y miró la biblia que cargaba en la mano derecha. Yo estiré la izquierda y rescaté la Teoría Estética de la estantería del lado de la puerta, donde la tenía guardada como una escopeta, por si acaso […] Se la pasaba repitiéndome que yo era su misión, que había venido a México a traerme la palabra del señor. Yo le respondía: llegaste bien tarde Willen, ya tuvimos un montón de esos: los franciscanos, los dominicos, Humboldt, Rugendas, Artaud, Bretón, Burroughs, Kerouac. ¡La competencia está durísima!”      

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Juan Pablo Villalobos

La historia vaga entre los relatos anecdóticos de Teo: entre su infancia al lado de su madre; los pormenores en su faceta de taquero (“fui a buscar el cadáver del perro que había estado molestando a los tertulianos y lo encontré en el jardín de Epícuro, escondido debajo de unos arbustos […] Te vendo un perro -le dije. -¿Cómo?, respondió el carnicero. -No te hagas, yo fui taquero toda mi vida, tenía un puesto en la Candelaria.”); las discusiones con Francesca a razón de todos los tertulianos; casos de perros varios que fueron apareciendo (“… El chucho quería afilarse los colmillos en las tapas de los pesados Palinuros de México del FCE); el intento de exterminio de las cucarachas con la pésima ayuda del mormón Willen; el abandono de su padre; la muerte de su madre y hermana en el temblor del 85; su relación con la verdulera –proveedora oficial de jitomates hediondos para todas las revueltas del zócalo- (“… Conmemoraciones y verduras de temporada. Marzo: expropiación petrolera, nacimiento de Benito Juárez, calabacita y chayote”); aspectos, de cuando por cobarde Diego Rivera le ganó a la hermosa Marilín; de los poetas muertos que no alcanzaban un homenaje digno en Bellas Artes; de la persecución a la que fue objeto por parte de la sociedad protectora de animales; de cuando fue confundido –varias veces- de ser homosexual; los conflictos y pormenores del proceso de escritura en su novela; la frustración de ser artista fracasado; los problemas con las cucarachas inmortales (“cuando volvimos al departamento, las cucarachas andaban felices por el techo […] Me he quedado sin ideas Teodorro –dijo. Yo tenía una: vamos a matarlas a librazos. Tú, con la biblia. Yo, con la Teoría estética”)… Todo cabe y se complementa en la historia general mientras arranca risotadas naturales que no se pueden controlar. El contexto resulta familiar –de una forma u otra- para el lector que no es ajeno a la cultura mexicana, y una excelente muestra cargada de sátira, para todo aquel lector que no es propio a esta tierra.

 ¡Que va a pasar Guillen! No puede haber posteridad para todos, no alcanzaría la memoria del mundo para recordarnos a todos, no habría calles suficientes para homenajearnos, ni parques para nuestras estatuas, ni cineastas para filmar documentales, ni espacio para tumbas en la rotonda de las personas ilustres. La vida tiene que hacer una selección. Y la hace de manera implacable.”     

Maquetación 1Un simpático recuento-metafórico del fracaso que pasa por “La Esmeralda” (una de las tantas escuelas de vida o de muerte), o por alguna otra escuela de “superpotencias” de arte forjadora de mediocridad.  Donde abundan los desaparecidos –perros, hombres y mujeres- aspectos que solo a bien entienden los que habitan esta ciudad –los supervivientes de un “país infinito de autómatas- la de los muertos en vida. Sí, una historia como muchas de las que acontecen cada día en la Ciudad de México. Abandono, ironía, fracaso, éxito, terrible competencia por la subsistencia, fruto del inacabable humor negro.  No puedo más que venderles un perro que anuncia su libro con una foto del Monumento a la Revolución Mexicana en la portada, que con luces neón promueve los: “Tacos Don Bigotes: lengua, asada, tripita, pastor, cachete, nana, maciza, buche”, en resumen una historia muy perra.

 

 

1 Juan Pablo Villalobos, México, 1973. En Anagrama se han publicado sus dos primeras novelas, traducidas a más de una docena de idiomas, Fiesta en la madriguera: «Esta novela descubre la inocencia como soledad. Descubre la inocencia como incomprensión. Es un ataque deliberado y salvaje a las convenciones de la literatura» (Adam Thirlwell); Si viviéramos en un lugar normal: «”Corta, brutal y divertida” (Kiko Amat); «Una novela que bebe de las fuentes de Bohumil Hrabal, César Aira, Alfred Jarry y Jorge Ibargüengoitia; es decir, de las fuentes del humor delirante con el que se cuenta todo aquello que es demasiado doloroso para ser narrado de otro modo» (Patricio Pron).

 

 

 Te vendo un perro

Juan Pablo Villalobos

Anagrama

248 páginas

$ 295.00