_visd_0000JPG00OTEPrimera mitad del siglo XIX. Bienvenid@ al Departamento Ministerial de San Petesburgo.  Disculparás el trajín, pero es una oficina bulliciosa. Es cierto, hay empleados que se las ingenian para tomarse algún respiro. No habrás dejado de notar, por ejemplo, a aquellos jóvenes cancilleristas que se entretienen en lanzar bolas de papel contra el señor copista. Menos mal que él no se inmuta y prosigue absorto con su trabajo. Su nombre es Akaiky Akakievitch, gana poco más de un rublo diario -el salario mínimo de la época- gracias a que aún no existe Xerox y, a pesar de que no goza de la consideración de los demás tinterillos (ya que ninguno que aquí se gane el pan excede dicha dignidad), es el único personaje de este inmundo Departamento por el que podría ofrecerse más de un rublo. Si te le aproximas por detrás –mientras no le tapes la luz, no se percatará de tu presencia-, podrás comprobar, además de sus numerosas calvas,   el esmero con el que va delineando los caracteres cirílicos. Su caligrafía no tiembla ni cuando sus compañeros le azotan sobre el escritorio  más legajos para copiar. ¿Creerías que a veces lleva a casa algunos oficios importantes, para copiárselos por puro gusto? No sólo en el escritorio, sino en todo momento las cuarenta y siete letras despliegan un hipnótico ballet ante sus ojos. Una tarántula podría subirle por el pantalón mientras él sólo se percataría de una Zhe (Ж) levemente inquieta.  Lleva toda una vida en este puesto, cuya actividad encuentra tan deleitosa que no pretende otro. Es a la vez un oficinista sin ambición y un santo, en el mejor sentido de la palabra. Este hombre no tiene a nadie en la entera vastedad de las estepas terrestres.

No medio siglo ha que doña Catalina sintió los alivios del escusado interrumpirse por unos retortijones fatales en el corazón. El primero de los Alejandros acaba de sacar a Napoleón Bonaparte del territorio ruso, a costa de matar de hambre a cientos de miles de sus propios campesinos e incendiar no menos verstas de tierra fértil. La Gran Rusia trastabilla. Corren tiempos de vacas flacas. La vida en estas latitudes es difícil para todos, aún bajo el cielo gris de San Petesburgo, donde el invierno ruso, con sus frescores de 15 a 20 grados centígrados bajo cero, hace saltar lágrimas hasta a los altos funcionarios, aunque sus capotes de cuello de castor y forros de seda logren abrigar mejor que el capote marca Hecali de nuestro querido copista, ya del todo raído, y al que se refieren sus compañeros como a una “bata”.  Es por las punzadas de frío que Akaiky  siente en el hombro que es llamado a apercibirse de los claros que se han ido abriendo entre el paño, y decide llevarlo a remendar con el sastre Gregorio Petróvich, quien dictamina de forma sumaria que el capote ya no tiene compostura. Que es menester un nuevo capote, dice Petróvich. Que 150 rublos con cuello de gato. Que 200 rublos forrado de seda y con cuello de marta. Que medio año de salario es nada con tal de no ceder a la hipotermia, señor Akakievitch. Que una Maruchan menos al día no ha matado a nadie. Que un hoyo menos en el cinturón no puede ser tan malo como tres arshínes[1] bajo tierra.   A partir de ese momento, el copista deberá someterse a un régimen de austeridad digno de un gulag siberiano para hacerse del capote nuevo. La adquisición de esta prenda marcará una transición definitiva para el copista.

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Una destreza que mucho se disfruta en Pushkin es la sorna con la que presenta a sus personajes. La falta de estrella del protagonista queda clara desde su presentación al inicio del relato, cuando ante la falta de nombres que no suenen ridículos prescritos en el almanaque para la fecha de su nacimiento, se elige como última opción endilgarle el apelativo del padre, con todo y sus horribles cacofonías una vez que se enlaza con el apellido. El sastre es un borracho aún no desprovisto de notable habilidad en su oficio, a quien el licor descalabra el tabulador de precios y para quien toda decadencia económica y moral de Rusia ha de atribuirse a los alemanes, al grado que los peores insultos que dedica a su esposa son “impía” y  “alemana”.

Y no únicamente los personajes son llamados con tal mofa a la página, sino también las convenciones literarias de época. A pesar de que el sastre es presentado mediante una técnica impecable, el narrador omnisciente (y hasta cierto punto, autoconsciente) confiesa estar cumpliendo esta obligación por costumbre, ya que las características de este personaje resultan irrelevantes para la trama.

Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; más como es costumbre en cada narración esbozar fielmente el carácter de cada personaje, no queda otro remedio que presentar aquí a Petrovich”.

Aquí es donde un lector dientes de sable se detiene y piensa dos veces lo que acaba de leer y entonces se percata que este tipo de observaciones que evidencian el entramado ficcional (‘baring the device’, lo llaman los angloparlantes) no eran lo más común en la época de Gogol, cuando la certeza en las descripciones gozaba de una incuestionable preeminencia.

De la misma forma, se demuestra elegancia en la economía de recursos descriptivos. Cuando una noche, Akaiky llega de la calle luego del peor suceso de su vida,  es suficiente con explicar:

Cómo pasó la noche, sólo se lo imaginarían  quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en la situación de otro”.

Gógol manejaba la ironía con la misma soltura que la pluma fuente. Era experto en dar a entender exactamente lo contrario de lo que consignaba a nivel puramente literal.  En una ocasión, por ejemplo, nuestro copista es mandado a tratar un asunto judicial ante cierta “alta personalidad” a quien se describe como un sujeto que esconde su insignificancia bajo una máscara de autoritarismo y severidad, pero que en las reuniones organizadas por personas con un grado inferior al de general (que él ostentaba)

‘(…) permanecía eternamente solo en la misma actitud silenciosa, emitiendo de cuándo en cuándo un sonido monótono, por lo cual llegó a pasar por un hombre de lo más aburrido”.

Y remata:

Tal era la ‘alta personalidad’ a quien acudió Akaiky Akakievitch (…)”.

Ignoro si algún psicólogo estudioso del trabajo de Gógol ha aplicado el checklist del Asperger sobre Akaiky Akakievitch, pero creo que no sería un ejercicio fútil.  Sin ser psicólogo, psicoanalista ni siquiatra, pero con el apoyo del Evaluador de Asperger en Adultos desarrollado por Baron-Cohen, Robinson y Woodbury-Smith[2], pude subrayar algunos indicadores muy claros como:

  • Presenta preocupaciones con uno o más intereses estereotipados y restringidos anormales en intensidad y enfoque (el único interés de Akaiky es el copiado de libros).
  • Falta de habilidad para contar, escribir o crear espontáneamente una ficción sin copiar la historia (cuando en algún momento un alma piadosa se percata de la dedicación de Akaiky para con su trabajo, y sugiere que le otorguen uno de mayor responsabilidad, se pide al copista integrar un informe. Dicho reto lo rebasa al grado de obligarlo a confesar su incompetencia, suplicando que se le restablezca su actividad como copista).
  • Falla para establecer relaciones con pares apropiadas para su nivel de desarrollo (sólo hay que ver su desenvolvimiento en la oficina y en las reuniones de salón).
  • Marcada dificultad para iniciar o sostener una conversación (Akaiky sólo sabe expresarse mediante balbuceos, cláusulas entrecortadas donde juega un papel crucial cierta frase estereotipada que emplea para cerrar sus contribuciones conversacionales).

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¿Qué hay más allá de los capotes de Akaiky? ¿Por qué le acarrean tantos conflictos? Porque, de entre el carnaval fantasmagórico de los hechos sociales, los códigos de vestimenta adquieren, como pocos, potestades de señalamiento y sanción.  Lo que dentro de un estricto valor de uso sólo debería ser visto como una prenda para guarecerse del frío, pasa a ser reconocido como un señalador de clase social, de carácter y de valor humano. El hecho de que un hombre pobre cambie una prenda ruinosa por una modesta, pero nueva, pasa a constituir entre sus pares y sus superiores algo que sólo en apariencia es un motivo de celebración, pero que en realidad no es otra cosa que oportunidad de chanza clasista. Formidable paradoja, el tan deseado objeto a cuya protección se acoge nuestro frágil copista pronto revelará una extraña capacidad de atraerle el peligro. Aquí la confirmación de que ni las más gruesas pieles pueden guarecer a un héroe trágico de su destino… ni a sus ofensores ante el vórtice de su venganza.

 

El capote

Nikolai Vasilevic Gogol

Nórdica Libros

104 páginas

$335.00

 

 



[1] Arshín (арши́н): además de significar “patio”, es una medida obsoleta rusa equivalente a 71.12 cm.

[2] Evaluador de Asperger en Adultos (AAA), recuperado en 4 de diciembre del 2014 en:  http://espectroautista.info/tests/espectro-autista/adultos/AAA