El tiempo se destila cadencioso través de las páginas de Siempre es 1966 en el Norte, colección de cuentos y viñetas que se erige en la ópera prima del abogado y Licenciado en Literatura Enrique Castellanos. No hay prisa por finiquitar retratos, ni se escatiman palabras en la construcción de las atmósferas. Los cierres narrativos no se precipitan, llegan cuando tienen que llegar, pero eso sí, casi siempre plantean salidas convincentes. Sin embargo, a pesar de la predominancia de de la lentitud, queda claro que Castellanos sabe calibrar sus experimentos mediante diferentes velocidades, densidades lingüísticas y gramajes conceptuales.

Propongo empezar nuestra exploración por sus ambientes. Los más socorridos son las cantinas, específicamente las de pueblos -aunque por ahí se refiere también alguno de aeropuerto -, sus personajes, usos y costumbres. Así, en El despertar fue lento como un día que amanece, el personaje L observa escarbarse la nariz a una mujer de quien “no estaba seguro de que fuese puta o si sólo bailaba” en medio de un bar aeroportuario retratado mediante este párrafo aséptico:

Un dejo de hospital el aeropuerto tenía. Ella no tenía nada de enfermera ni él de paciente, ni los demás de doctores, camilleros o secretarias; sólo había un ambiente blanquecino de mejoramiento truncado y a la espera. Una espera de sala de recuperación, de atardecer, de desempleo en verano; un tedio ambiguo, sin ser demasiado doliente. (p.71)”

Palabra clave del párrafo: tedio. Este sentimiento barniza a buena parte de los personajes al grado de volverse un componente nuclear de las atmósferas que, ralentizadas a veces hasta el grado del congelamiento, se ofrecen dispuestas ante un escrutinio riguroso y multiangular.  Da la impresión de que Castellanos no sólo es un lector atento de Rulfo, Gardea o Revueltas, sino también de los naturalistas franceses, pues su paciencia descriptiva se emparenta con la del mismísimo Zolá, abuelo de los grandes retratistas tabernarios. En el cuento que da título a la antología, un narrador presumiblemente joven, que ha llegado de visita desde la ciudad de México al pueblo de donde es originario, soporta enfurruñado a su tío Mario, que le ha llevado a convivir a una cantina. Se da a entender que el muchacho no está habituado al trago, que por su juventud y su condición de emigrado se siente superior a los comensales, a quienes describe con el adjetivo de “caducos”, y que juzga con desprecio que en aquél lugar nada se ha movido ni un centímetro desde su partida. El joven ha escapado a la veloz metrópoli para huir del tedio que, como la gangrena que azota a su bien amada Romina, paraliza y atrapa a quienes permanecen en aquel pueblo que “no vale casi nada”. Figura destacada en entre los comensales es el licenciado Esparza, quien a diferencia del narrador aparece como un hombre generoso, y es descrito como

.. un buen hombre, siempre echa la mano cuando alguien de la colonia se queda sin chamba o se les enferma el chamaco; nunca bebe ni anda de putañero ni apuesta, nomás viene una vez al año a echarse una copita y nos cuenta lo que le sucedió cuando vivía en el norte, hace un chingo”. (p.48)

Un conmovedor momento se presenta en la leyenda de lo que el Licenciado Esparza hizo por unos cadáveres que se encontró botados en una propiedad, y el peso de este metarrelato incidirá en las consideraciones que el personaje narrador adopte respecto al inminente final de su Romina.

Siempre-es-1966-en-el-norte

Otro caso de heroísmo anónimo se presenta en el cuento que abre la colección, El paseo, donde una piadosa fichera le regala una “salida” al comensal más desdichado del bar. No es poco desolador el reporte que se nos presenta sobre las condiciones físicas en que mora este personaje, y que la fichera encuentra aún más deprimentes que habitáculos que ha visitado, donde podían apreciarse jeringas y sangre en el piso. Nada de esto hay en la casa de este despojo humano que, sin embargo, alberga una mayor rarefacción.

Pero no todo son cantinas en el volumen que nos ocupa: en Los separos, asistimos a una escena de estos célebres espacios en los Ministerios Públicos, donde un personaje que intenta consolarse de su desventura pensando en su mujer está dispuesto a las peores tundas, e incluso a poner en riesgo a sus compañeros de celda,  con tal de concederse la degustación de un cigarrillo.

En Marcas de dedos o la planta baja, el texto más  breve de la colección, un empistolado allanador de morada  se topa con un hombre sentado en su cama, y nada de valor que arrebatarle. Un instante de tensión climática desplegado a lo largo de una página de cuatro cláusulas, remontado en un tren de conciencia que se contrasta con las lucubraciones analíticas de un narrador omnisciente. Algo se extraña en este texto tan breve: concreción y economía de recursos. Hay puntos de fuga que desinflan la tensión, lujo que no puede permitirse un texto tan sucinto. Por otro lado, es uno de los trabajos más experimentales, junto con Era luz, era sonido, recorrido por dos vidas paralelas -una de ellas, la contraparte del protagonista narrador, estremecedoramente convulsa-, donde sus trayectorias biográficas se hacen coincidir con las teorías de la termodinámica y los principios de la balística. El problema con este texto, que evidencia similitudes con las estructuras prosísticas de Parménides García Saldaña y Jack Kerouac, son algunos párrafos teóricos de escasa claridad que, insertos casi al principio del cuento, pueden resultar desmotivadores para la prosecución de la lectura, resultando en la antítesis de un “gancho”.

Castellanos gusta de regodearse en vuelos lingüísticos y algunos de sus trabajos colindan con la prosa poética. Hay esfuerzo y búsqueda en su articulación del lenguaje, y esto se agradece.  En este tenor, pueden apreciarse pasajes memorables. Entiende del hilado fino en los campos semánticos cuando llega el momento de presentar una alegoría:

También mi memoria está fragmentada. No son trozos de un rompecabezas aguardando la (re)construcción, más bien un cúmulo de fotografías donde la conexidad es sugerida no sólo por los personajes: por la técnica, la luz y las sombras”. (p. 42).

Este párrafo, procedente del cuento Quedó menos libre, condensa uno los temas recurrentes en el trabajo de Castellanos: el peligro de la separación y la amenaza de la desintegración irreparable de la identidad y la memoria. La primera oración de dicho fragmento me remite a un verso de la canción Schism, del cuarteto norteamericano Tool, que no es improbable que Castellanos conozca:

I know the pieces fit ‘cause I’ve watched them fall away.

Una de las funciones medulares de la escritura está relacionada con la memoria, tanto del que escribe, como de quien lee, y esta práctica puede capturar el recuerdo de un hecho tanto como la posición del observador al momento del acontecimiento. El entendimiento del narrador sobre el hecho narrado siempre es, cuando mucho, una aproximación, pues no se pueden calcular, simultáneamente y con precisión infinitesimal, la velocidad y posición de una partícula. Cuando penetramos un cuento ejecutado con tino, el hecho narrado, la presencia o ausencia de un giro final, son cuestiones secundarias; lo importante es cómo se captura la posición de la conciencia en una circunstancia dada. Así son los cuentos de Luis Enrique Castellanos, habitados por voces inquietas que se afirman con ardor o inquietud ante las difíciles circunstancias que los interpelan.

 

Siempre es 1966 en el norte

Luis Enrique Castellanos

80 páginas

Fondo Editorial Tierra Adentro

$60.00