A quien antologa a otro autor pueden motivarlo diversas intenciones: elegir, por ejemplo, los poemas de una determinada época, o bien seleccionar por tema o por estilo. Sin embargo, quien se antologa a sí mismo, suele perseguir un solo fin: presentar su poética, no su poesía. Esta es la fuerza específica que tiene una antología personal, nos encontramos frente a la cosmovisión del autor. Sin embargo, esta empresa encarna una paradoja: eliminar poemas que el mismo autor había considerado dignos de publicarse. Es decir, aludiendo al creativo y acertado diseño editorial de Alejandro Magallanes, una antología personal obliga al autor a cortar flores de su propio jardín.

Esta jardinería masoquista se resuelve, creo yo, en otra paradoja: en la intención de que los poemas elegidos representan, en esencia, a los omitidos, que sean todos los que están aunque no estén todos los que son. Sin embargo, sabemos, toda antología se funda en la ilusión de ser representativa, mas esta ilusión, en la poética de Jorge Fernández, es una disolución; en su poética, la ilusión se ha diluido a su mínima expresión, sin disiparse del todo, pues queda la mínima esperanza de Si en otro mundo todavía.

Hay un astro tutelar que recorre de principio a fin la obra de Jorge Fernández y que atrae al espíritu crepuscular: Saturno, “las pisadas saturnales” (82), el sol negro de la melancolía, el mismo de Nerval y de sus ascendentes. Pathos que reitera la vacuidad de toda empresa, nadie se salva ni de la vida ni de la muerte. “Licor de todos”, dice el poeta (39). Tampoco nada nos salva, el amor mismo es austero: “Tierra al fin donde medra el regocijo austero del amor […] Quizá no hay más amor del que cabe una noche entre las manos. […] Quizá en el invierno el amor es un lecho mutuo y dos platos” (39).

Toda enfermedad, lo repite Susan Sontag, es una metáfora del hombre en el mundo, Jorge Fernández la llama tiempo: “Tiempo y sólo tiempo es la enfermedad infinita que tengo” (61). Melancolía que irradia los poemas con los rayos hijos de Saturno: el solipsismo, los soliloquios, la desolación y la soledad: “Nadie va a salvarnos / de morir siempre a destiempo / prematura o viejamente agradecidos de lo simple” (29).

Soteriología pagana, es decir, la salvación no se da por fe sino por atenta observación de las simples cosas: “Si alejarse es preciso para contemplar y entender / aproximarse es preciso para pertenecer” (176). Salvarse sin salvarse, se parece a descubrir en la vida concreta y doméstica algún misterio, que las pequeñas cosas revelen sus grandes correspondencias, como la vibración en una ventana, en el poema “Armónicos”: “El hecho es que hay un punto donde dos cuerpos coinciden sin tocarse / una turbina cruza el cielo (turbio) de la ciudad y el vidrio de la ventana vibra de pronto como en un éxtasis / punto de resonancia define la física a estas sorpresas” (182).

En la superficialidad de la vida diaria se encuentran los misterios y las verdades insondables. El primer verso del poema “Ballena” condensa esta inclinación por mostrar las correspondencias ocultas en lo evidente: “Ballena”: “Sobre su dorso la noche cultiva la flor de una medusa” (66). Y enseguida, la imagen nos parece familiar: lo hemos sabido desde siempre, aunque lo ignorábamos, la exhalación en el dorso de una ballena es la flor de una medusa. En adelante, cuando imaginemos una ballena, no podremos dejar de pensar en la florescencia de su dorso. Jorge Fernández muestra lo que habita al dorso de la vida, la floresta de la calle a la que alude Cortázar. Lo propio sucede, por pensar otro ejemplo, cuando pensamos en la “pecosa pera” de Villaurrutia. El poeta revela las correspondencias ocultas a todas luces; pero también las reinventa, la reinvención de la ballena, convierte a Jorge Fernández en un poeta universal, inventor de mundos; afanoso cuidador, citándolo, de la “Hoguera lenta del asombro” (39).

El poeta, escribe Jorge Fernández: “Agota a gotas / la vana empresa / de vaciar el mar / a gotas” (134). Por qué entonces, ante la evanescencia original, empeñarse en vaciar a gotas el mar, si se ha perdido toda ilusión, la ilusión que a los jóvenes menores de 25 años todavía los sostiene —“Esta noche cualquiera de martes / sólo los jóvenes de menos de veinticinco / tienen aún algo inesperado que ganar o perder en su vida / casi todos los demás nos hemos acostumbrado / a las pequeñas domésticas mediocres dosis en las que viene la vida”— (157); creo que la respuesta está en la poesía social, por llamarla de algún modo, de Jorge Fernández, escribir es asumir que se es parte del mundo y que se toma una posición con y frente a los otros. Contra el conformismo individual, por ejemplo, como el deseo de “tener algo más que un buen empleo”; la denuncia de la fuerza de la desigualdad “los empleos / de la mediocridad o el hambre / […] triunfos llenos de fracaso” (116).

Hay dos personajes que encarnan el binomio consciente-inconsciente: por un lado están “Los dispersos”, que recuerdan a los cronopios de Cortázar, y por otro “Los farsantes”. “Los dispersos”, describe Jorge Fernández: “Gritan cantan / sufren se despiertan / porque se van a pie distancias / que nadie quiere caminar / y no se cansan / sólo se mueren a veces / porque en su respiración hay un murmullo que parece canto / una razón / que no los deja vivir que no los deja quedarse / y cómo hacer cómo decirles / que ya no / hay casi lugar / en esta cárcel para ellos” (153). Y quizá esta toma de conciencia que hacen los farsantes se hace, y cito a Jorge Fernández: “Con la esperanza / de que la vida alguna vez cambie de tema” (110).

Decía Salvador Elizondo que algunos poetas pertenecen a un reino. Una primera lectura haría pensar que Jorge Fernández es dueño del reino mineral, que el “sulfato”, el “cobalto”, el “calcio”, la “geoda” y el “nitro” cantan a un Dios mineral. Apenas lo pensamos y a la poética geológica la invaden los “tigres”, los “jaguares”, los “gatos”, los “onagros”, los “potros”, las alondras que mueren deslumbradas, las piraustas que igual que la salamandra habitan el fuego, y hasta un paisaje con dragón. A este reino animal lo cubre la higuera arbustiva de retamas, jazmines, manzanilla, higos, naranjas, cinamomos y palisandros, haciendo lujo de una poética herborista y arbolaria. Al final, Jorge Fernández es dueño de un solo reino, el de Alejo Carpentier: El reino de este mundo. En esta poética expansionista, expedicionaria, podría sustentarse un afán total, el de una poesía total. Aunque el poeta la considere una aventura imposible: “No yo no podría escribir / son demasiados órdenes / […] y es imposible juntar todo eso” (208). Sin embargo, es ese afán de juntar lo que realmente mueve esta pulsión ubicua, la voluntad de poner los signos en rotación a fin de revelar los vasos comunicantes, y por tanto de comunión, entre el hombre y el mundo.

A pesar de iluminar, a las palabras las contiene una acusada oscuridad, la luz negra, el “lodo del logos” (59), dice el poeta. Un sol negro que por más que se esfuerza en remontar el olvido o los misterios, siempre será: “La vanidad de papel contra el olvido” (130). El lenguaje mismo promueve lo inalcanzable, la impenetrable realidad cuya inmesura guarda el misterio, historias incontables: “historias, dice el poeta, en la orilla de las cosas / adonde ya no pueden llegar / mis queridas, demasiado abstractas palabras” (122).

Imposibilidad fáustica, ignoramos mucho más de lo que sabemos: “apenas un saber que sabe cada cosa por su nombre” (48). Frente al misterio, no hay razón sino intuición: “La savia del instinto esculpe la parábola del tiro” (53). Entre los misterios, el de la muerte, adónde irán a parar el padre, el abuelo, y la abuela, se pregunta Jorge Fernández si: “Verán por fin el prado de eterna manzanilla. Dónde te devolveré algún día los guijarros de la soledad y la astilla de humo del amor” (78).

Jorge Fernández transfigura la expresión de Fernando Pessoa  “drama en gente” para definir la poética de José Emilio Pacheco de “drama en género”; yo hago lo propio y la califico de “drama en versos”. No conozco en el panorama actual de la poesía hispana, salvo a Jorge Fernández Granados, poeta alguno que domine todas las amplitudes del verso, y menos aún que estos recursos sean dispuestos a favor de una determinada sensibilidad, que ningún verso menor o mayor, que ningún verso largo, tan largo que pueda ser por sí mismo una estrofa redonda, ocupe un lugar gratuito, todos los registros de Jorge Fernández Granados coinciden con el ánimo del sentido del poema, todos se disponen perfectamente para el drama.

 

9786074110951Jorge Fernández Granados

Si en otro mundo todavía.

Almadía

Páginas: 232

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