Son los puntos fijos que agobian. Y en ese preciso agobio, en contraparte, satisfacen a otros que ocupan quedarse en la memoria de vez en cuando con esos puntos fijos, con esas obsesiones que se forman en el maelstrom de las grandes urbes mientras los recorridos insensatos conducen a los detalles que siempre están ahí, a la orden de convertirse en insospechables señales, en inolvidables puntos fijos. Así apareció el café “Le Condé” y así apareció también Jacqueline Delanque; Louki; “escogiendo la misma mesa, al fondo del local que era pequeño, siempre adicta a su sitio”.

en-el-cafe-de-la-juventudAlgunas voces dan cuenta de los varios personajes parroquianos –incluyendo al autor- como parte de una complicidad que juega en no aislarse uno de otro, pero que en el fondo saben que se encuentran solos. La calle es el común de todos, esa casa donde nunca falta nada. Un parís oscuro lleno de lugares donde tomar café, un bloque nocturno donde el miedo acosa haciendo imposible la escapatoria. Le Moulin-Rouge como el refugio materno. Bosquejos también de una sencilla historia de la ausencia y el abandono entre padres e hijos -siempre en el “intento de no volver a hacerlo”- como si el significado de no abandonarse tuviera algo de sentido: “contaba mucho con la gente que iba a conocer y que pondría fin a mi soledad”, pero esos jóvenes estudiantes de la vida (“siempre había soñado con ser estudiante porque me parecía una palabra elegante”) también estaban solos. Jóvenes reunidos, pasando el tiempo en una supuesta compañía entre parroquianos refugiados a expensas de un buen trago de café como resultado de una condición fija, profunda y obligada. Estar ahí, intentando justificar el abandono mientras se ocupan en observar personas pobladas de detalles, trazando en la memoria mapas de alguna plaza, de alguna calle, de algún café parisino, de los recorridos de cada uno -de cuantas existencias sean posibles- personas que hablan de todo menos de sí mismos porque esos escondijos son exclusivos de las obsesiones y sus soledades (“… Llegan las palomas; me da la impresión de que hay menos que ayer […] Ayer había en la acera, justo delante de mi mesa, un billete de metro; hoy hay, no exactamente en el mismo sitio, un envoltorio de celofán y un trozo de papel difícil de identificar […] Un transeúnte vuelve a pasar por enfrente de la cafetería y parece sorprendido al verme todavía sentado frente a un vaso con agua…”1)

Modiano2, un obsesionado que hurga en la memoria, en la historia de otras personas para construir su propia historia. Habitante de una “época en donde todo se fragmenta” y sirve para perder a las personas en el anonimato; conocedor de grandes urbes que todos los días son escenarios perfectos para rescatar múltiples detalles como los que asoman “En el café de la juventud perdida”, donde se vale de Louki (personaje que bien pudo ser alimentado por Dora Bruder), como el anhelo secreto de esa misteriosa mujer que figura en los deseos para compartir los recuerdos errabundos de su propia juventud perdida: el París de posguerra, el París de los sesenta, el París metódico de siempre; impresiones que conserva desde niño y que constantemente están en él. ¿Un escritor que se repite en sus novelas? (¿y quizá este es el buen resultado de su método?). Un escritor y hombre tímido que alimenta sus historias y sus personajes con situaciones reales –“detalles que ocultan otros detalles mucho más penosos”-.

“Tenía el presentimiento de que, a partir de ahora, nunca más podría venir a buscarme. Me había ido demasiado lejos. Se apoderaba de mí una angustia que intentaba contener y me impedía respirar.”

Lectura breve de una sensación manifiesta de melancolía, la añoranza de algo que ya no existe -y que ese algo es imposible de olvidar- la construcción de recuerdos, llevados en cada paseo por las calles como una triste invitación para deambular por las propias y amargas calles de los recuerdos. Modiano comparte su juventud narrada en un lenguaje intimista, solitario; la mujer, los amigos, los ideales, una época, lugares, el café, la muerte. Todo converge y se corresponde en esta historia y en sus zonas neutras, entre jóvenes que se manifiestan por las calles que se dividen –a la izquierda o a la derecha del río Sena- intentando recorrer su camino de vida (y que en palabras de Guy Debord, que dan una perfecta entrada al libro con un correspondido epígrafe: “A mitad del camino de la verdadera vida, nos rodeaba una adusta melancolía, que expresaron tantas palabras burlonas y tristes, en el café de la juventud perdida”); las mismas escaleras, las mismas bancas, los mismos labios, la misma vida… Y luego, un buen día, todo desaparece, todo en tragado por la materia oscura en donde solo queda aceptar la parte de misterio, el recorrido en compañía de fantasmas, ante una edad en la que uno cree poder con todo y se fía de la vida a la espera de su propia identidad. Y ante el inminente adiós, ante la amarga despedida, uno se desprende de la juventud, no sin antes, desear a todos, “compañeros de los malos días, una buena lectura y una buena noche”.

 

Fragmentos de “Tentativa de agotamiento de un lugar parisino”, Georges Perec, Editorial GG, 2012.

Patrick Modiano, Boulogne-Billancourt – 30 de julio de 1945, novelista francés, ganador del Gran Premio de Novela de la Academia Francesa (1972), del Premio Goncourt (1978) y del Premio Nobel de Literatura 2014.

 

 En el café de la juventud perdida

Patrick Modiano

Anagrama

Sexta edición, Octubre 2014

131 páginas