10352832_10203719829940150_6717033679166650005_nEntender la paja en el ojo ajeno es acceder a la viga en el propio. Como es en el otro es en mi, y viceversa. Entender esto en aquello, como por ejemplo, que las circunstancias históricas del régimen que nos vio nacer no son asunto único ni inmanente, ni intemporal, porque la mirada histórica duda siempre de los males congénitos de los cuerpos sociales. Contemplarse el ombligo es un ejercicio tan estéril como hipnótico. La grandeza o la miseria de la propia nación, la grandeza o miseria de la propia etnia, como una isla flotando sobre unos mares que no condujeran a otras tierras, de donde nunca hubieran llegado otros, de donde nunca se fuera la gente. Durante tres décadas Cuba fue de esos países cuya capital era Moscú, así como México lleva mucho tiempo siendo de esos países cuya capital es Washington. Cuba conectaba con la República Democrática Alemana, Cuba conectaba con Shangai y con Beijing. Y luego el centro de gravitación que era Moscú dejó caer su cortina de hierro, Rusia volvió a ser Rusia, ahora post soviética, ahora con Mac Donalds, y cortó el cordón umbilical de sus protectorados. Pero Cuba decidió seguir con el programa del Partido, a costa de lo que fuera. Dispuso su viejo equipo hospitalario para mantener con respiración artificial la llama de la Revolución. Y se siguió pintando, cantando épicas vetustas, desoyendo disidencias, encarcelándolas, confiscándoles el lápiz. Y los realismos nostálgicos se enroscaron sobre sí mismos como boas constrictoras que vomitaran miasmas endogámicos ayudadas por las palmaditas oficiales. Aún así hubo quienes persistieron en dudar y dirigieron las miradas hacia afuera, a los huesos duros de roer lejos de la isla,  a las llaves afiladas lejos de la isla. Y se presentaron ante el público, regalaron charlas y diatribas, proponiendo un discurso filosófico y estético, y después hicieron su revista y llevaron su pesquisa a las palabras. Y los preservadores de la vieja llama los miraron con desprecio, como se ve a una rata en la cocina, a un liquen en la alberca, a un insecto en la sopa, a un polímero en el microondas, a las espiroquetas dentro del cuerpo humano. Era como la mirada del mismísimo Mao ante un gorrión que se atreviera a festinarse sin permiso del partido.  Y hablaron un poco de ellos, pero de mala gana, pero sobre todo les pusieron el pie, y se ofendieron cuando ellos publicaron sus opiniones por afuera, en periódicos del extranjero un poco más leídos que Granma. Una calamidad. Y sus creaciones eran duras de roer, inspiradas en autores muy recientemente traducidos al español, y hacían muchos guiños al asunto de las narices de los reyes, y si no fuera porque en la isla no había tal cosa como un rey, tales insistencias habrían sonado injuriosas de un modo inaceptable. Rara vez aparecía el malecón en esos textos, nunca las glorias del Che, nunca la épica de Playa Girón, y por si fuera poco, nunca se acercaban a Silvio Rodríguez. Extranjeros por elección en su propia tierra, eran acusados por los escritores autorizados por el Comité como tránsfugas de las bases ideológicas. Fue así que tuvieron que levantar el vuelo, evadiendo las pedradas que les aventaban los cangrejos, y cruzar el mar hacia los continentes donde el tiempo no se debatía en la prisión política; cruzar el mar con la vista fija en el horizonte incierto, donde la incertidumbre de la escritura era asumida, donde la cultura era diálogo, donde los índex librorum prohibitorum no tenían jurisdicción.