Mientras escuchaba a los ocupantes de la mesa, los periodistas Jenaro Villamil, Juan Pablo Proal y Álvaro Delgado, quienes impartieron una conferencia sobre periodismo el pasado 31 de julio en Profética, recordé la plática de Juan Villoro, realizada casi a mediados de septiembre del año pasado. Entonces, el autor de Los culpables se refirió a la literatura y al periodismo como dos aspectos que se retroalimentan e incluso llegan a confundirse.

Para los periodistas de la revista Proceso es más amplia la separación entre ambos géneros. Esto, supongo, debido a que, a diferencia de Villoro, ellos no ejercen a un tiempo ficción y periodismo. Aunque ambos géneros tienen puntos de conexión; la búsqueda de un estilo, por ejemplo, de una voz, de una personalidad.

Otro aspecto que los une es la incógnita frente a las publicaciones electrónicas. E-books, sitios web de diarios y revistas; a esto se refirió una pregunta del público, mencionando que existen medios impresos con una fecha fija para abandonar el soporte de papel. No es el caso de Proceso, dijeron, y tampoco creo que sea el caso de los libros, aunque haya más lectores para las revistas que para éstos. En mi opinión, soportes electrónico y físico van a compartir durante un lapso indeterminado de tiempo la preferencia de los consumidores: hay quienes deciden tener sus libros en un espacio de centímetros y llevarlos a cualquier lado, sin cargar mochilas voluminosas, hay quienes permanecen casi ajenos a la tecnología, a sus avances, y es mejor para ellos percibir el aroma de las páginas, el de la tinta, pasar las páginas mientras van sentados en el transporte público o en un café. Además, uno lleva hacia el otro en ambos sentidos: se leen blogs o revistas electrónicas para informarse acerca de un libro que interesa, o a partir de la lectura del libro impreso, se recurre a internet para conocer otras lecturas.

Las diferencias empiezan a ser marcadas en otros aspectos. La denuncia, por ejemplo, una postura crítica y una distancia frente al poder. Tanto a través de la ficción como del periodismo se hacen denuncias. Pero, mientras un novelista, un cuentista, no toma partido, el periodista, en opinión de Álvaro, Jenaro y Juan Pablo, al denunciar debe ponerse al lado de la víctima, conservando siempre su independencia frente a cualquier tipo de poder.

En este punto, las palabras de quienes ocuparan la mesa y la participación del público se centraron más en la situación actual del país, en las acciones de los gobernantes, en el peligro que enfrentan los periodistas al ejercer su profesión, poniendo como ejemplo el asesinato de Regina Martínez, corresponsal de la revista Proceso en el estado de Veracruz, y lo que llamaron el “sicariato periodístico”, que consiste en atacar a base de “columnazos” a un medio crítico.

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Al escuchar a Jenaro Villamil, Juan Pablo Proal y Álvaro Delgado, al percibir la indignación de los asistentes en preguntas como “¿hasta cuándo?”, “¿qué se puede hacer?”, pensé en mi propio hartazgo. La mega-rueda de la fortuna que falló a una semana de inaugurarse, que ni siquiera es necesaria, las obras que sirven tan sólo para abrir el camino hacia una candidatura a la presidencia, el aumento de los precios en los combustibles mes a mes, el poder que se otorga a las dos televisoras y su nula credibilidad. No sé si exista una solución en realidad, o si en algún momento vamos a presenciarla, pues veo a los políticos, su cinismo cuando tienen que pedir el voto, lo ridículas que resultan sus campañas –photoshop que casi los vuelve otros físicamente, el aparentar que escuchan a las personas cuando la mayoría no hace sino escuchar la voz de sus bolsillos–, y se me ocurre que su avidez no tiene final, que pueden actuar con absoluta impunidad, que si hay alguien a quien de verdad le interese trabajar para quienes lo eligieron, alguien honesto, su futuro podría ser bastante corto: o termina por acoplarse o termina muerto. Hay un espacio para la denuncia, se dijo desde la mesa, un espacio libre que los poderes, nerviosos, no pueden controlar: los medios digitales, las redes sociales, que se han convertido en el “de boca en boca” en la actualidad, aunque tienen el doble filo de los ataques (más numerosos y rápidos en comparación con los impresos) y de que se les considere poco profesionales en algunos casos, con publicaciones escritas al vapor. Pero no estoy segura de que tal espacio sea suficiente.

Lo sé, es una visión muy pesimista. Y el panorama actual y futuro no da para mucho. Los políticos seguirán pidiendo el voto, seguirán esgrimiendo eslóganes tan vagos como “siempre he trabajado y trabajaré por el bienestar de (insertar aquí un municipio, un estado, un país)”, los aumentos continuarán… Tal vez sea preferible mudarse a cualquier libro. A Los miserables, por ejemplo, me sentiría honrada de conocer a Jean Valjean.