¿Qué es lo que hacemos ante la opresión, ante un sistema que para no colapsar decide apretar entre sus dedos a sus gobernados, como si así pudiera sostenerse indefinidamente? Supongo que la mayoría de las personas, movidas por el temor, por el deseo de conservar la tranquilidad y la seguridad, prefieren, casi sin decidirlo, convertirse en una especie de camaleón. Así se (nos) ocultan (mos) para no ser vistas, para, a fin de cuentas, no llamar la atención de nadie. Por otro lado, el acto de crear, supongo, es algo parecido a un grito que nos hace notorios. Nos ven o nos leen o nos escuchan, aunque muy bien podrían ignorarnos.

Pero ni esto último ni la decisión de esconderse caracterizan al grupo literario Diáspora(s). Situado en la Habana de los años noventa, sus jóvenes integrantes son convocados por Rolando Sánchez Mejías, escritor nacido en 1959. Rolando fue el animador, dijo Gabriel Wolfson el jueves 18 de diciembre de 2014, durante la presentación de ratas, líquenes, insectos, polímeros, espiroquetas: grupo Diáspora(s), antología (1993–2013), tercer título de cabezaprusia, colección editada por Profética, Casa de la Lectura. De este modo, Carlos A. Aguilera (1970), Rogelio Saunders (1963), Pedro Marqués de Armas (1965), Ismael González Castañer (1961), Ricardo Alberto Pérez (1963), José Manuel Prieto (1962) y Radamés Molina (1968), se unen a Rolando Sánchez para hacer “un proyecto de lecturas iniciáticas, de pequeñas intervenciones públicas, acciones, performances” y no sólo eso: los escritores lograron publicar una revista que se llamó Diáspora(s), cuyo subtítulo fue “Escrituras”. Los ocho números de esta revista –los cuales pueden leerse completos en una edición facsímil que apareció el año antepasado e incluye entrevistas y artículos críticos– se imprimieron en fotocopias, lo que para Wolfson tiene un componente romántico, llevándolo a pensar en esas revistas tan desesperadamente juveniles, en los deseos que nos hacen realizar un proyecto como sea.hgfh

Pero en torno a las ganas de compartir la propia voz con los otros, a la imposibilidad de hacerlo por medios distintos a estos, tan básicos, están las difíciles condiciones de Cuba en esa época, lo que termina permeando el componente romántico. Tanto Gabriel Wolfson como Daniel Carpinteyro coincidieron en ello, dibujando al micrófono un mapa de opresión que desde el poder, privilegia una sola línea de pensamiento. Ambos escritores describieron esos años: cae la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cae el muro de Berlín, el socialismo se desmorona y Cuba, depositaria de esta política, debe reinventarse.

Heredero de esa ideología, de esa colonización política e ideológica, el país sigue sobreviviendo a lo largo de la década de los noventa y durante los dos mil en muy difíciles condiciones. Si se ponen a pensar, dijo Daniel Carpinteyro, es lo que pasaría si Estados Unidos se derrumbara, cuánto tiempo y en qué condiciones sobreviviría México. Ahí se comprende por qué se toma la decisión de invertir en el aspecto simbólico, educativo e ideológico, lo que genera una cohesión dentro del país, continuó el autor del poemario Neurálgica, añadiendo que alrededor del 15% del PIB destina Cuba a dichos rubros, pero “de qué sirve ese esfuerzo, si sólo se va a privilegiar una sola línea de discurso, la que está adscrita al régimen oficial, qué caso tiene si finalmente no se está generando un diálogo. Si no hay diálogo hay únicamente repetición, se va enrollando el discurso en sí mismo”.

Frente a este control ideológico, a esta manera de reforzar algo que estaba moribundo a fin de cuentas, el grupo Diáspora(s) se plantea como un movimiento que se burla de todo, contestatario no sólo ante el régimen castrista, sino también ante la forma de crear vigente, que en sí era una de las caras de la dominación. Lo anterior hizo muy difícil, si no impensable, la posibilidad de tener algún tipo de apoyo para su actividad artística.

Pero para los integrantes del grupo no es importante esto, sino renovar la escritura, la reinvención de los procesos escriturales, y la preocupación por la unidireccionalidad de la cultura en Cuba. Tales aspectos se convierten en una especie de manifiesto para ellos; por lo demás no hay otros lineamientos que los aglutinen, pues cada uno, desde sus distintos grados académicos en historia, filosofía, psiquiatría y psicoanálisis, en literatura, se expresa de diferente forma, alguno con una escritura comprensible, otro con una más cerrada, a la que se puede acceder sólo a través de cierto tipo de referencias –aunque para Daniel Carpinteyro, en los tiempos de Google, la escritura cerrada ya no lo es tanto.

No les importó el nulo apoyo, repito. Siguieron reuniéndose por un tiempo, siguieron trabajando, leyendo juntos, discutiendo, para después dispersarse, haciéndole honor al nombre que antes, proféticamente, habían adoptado, el de diásporas.

Aunque no por ello dejaron de escribir. Una prueba es la antología ratas, líquenes, insectos, polímeros, espiroquetas: grupo Diáspora(s), donde se recogen textos que van de los años noventa hasta la actualidad, y en cuyas páginas puede percibirse la crítica hacia un sistema sin espacios para el diálogo, esa burla que Gabriel mencionara durante su intervención. Como ejemplo podríamos tomar el Ensayo crítico sobre las manos de mi padre, de Ricardo Alberto Pérez:

 

Mi padre tenía unas manos perfectas

para aplaudir en el circo.

 

Más que del equilibrista,

yo gustaba de sus dedos danzando

en una pasión folclórica.

 

El dedón de mi padre

era un terreno elevado

donde escalaba cada día

 

(fabricante de perfumes)

 

Regresó con la mano vendada:

el circo dejó de tener sentido para mí,

hasta el discurso de los políticos

parecía menos consistente.

 

En estas palabras se entrevé ese cierto temor que mencionaba al principio: el aplauso del padre se oculta entre un inmenso sembradío de aplausos, así él y los suyos estarán seguros, tranquilos, así no hay posibilidad de distinguirse. Y no importa si parece que el padre está de acuerdo con el circo; mejor eso que soportar el escrutinio, la mirada persistente del sistema. Por otro lado en el Ensayo crítico sobre las manos de mi padre distinguimos también una de las aristas de la política, o de quienes detentan el poder: sin el apoyo de los que viven bajo su mandato parecen menos consistentes, usando los términos del poeta nacido en 1963. Es bueno señalar esto. Y el papel, un lector aún desconocido, el arte, son medios idóneos para hacerlo.