El momento y la razón por las cuales termina la infancia y se pierde la inocencia, novela de aprendizaje, menciones a Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, violencia que no hace ningún tipo de distinción, fue lo que Jaime Mesa, Luis Felipe Lomelí y Esperanza Toral resaltaron de El suicidio de una mariposa el pasado 25 de abril. En lo particular, desde antes me llamó la atención el título del libro de Isaí Moreno. Así que salí de la presentación con un ejemplar y empecé a leerlo en el transporte público, de camino a casa.

Antes de abrir el volumen de noventa páginas, publicado por la editorial Terracota en noviembre del 2012, recordé cómo la presentación reunió en torno al micrófono a dos personas que, si bien llevan años ejerciendo en el campo de las letras, en principio tuvieron una formación en el área de las ciencias: Luis Felipe Lomelí, físico, el propio autor, matemático, quien comentó que la novela sobrevivió en uno de aquellos diskettes de 3½, dentro de un cajón, y que debió acudir a un cibercafé donde hubiera computadoras con la entrada adecuada para esos viejos dispositivos a fin de releerla.

Unos doce años de maduración, corregir, reescribir… Siempre el trabajo que rodea una obra, pensé, los ojos en las primeras páginas del libro, donde, además de las palabras de Luis Felipe, Esperanza y Jaime, resaltó la fascinación que la violencia ejerce sobre las personas, el morbo de Antonino, el que lo hace hojear los ejemplares del Alerta! (¿Alarma!?) que su tío guarda, siempre cuidando que su madre no se percate, dice el narrador, muy cercano al personaje, entre cuyos recuerdos se cuela una desesperanza sin remedio, como si se tratara de la humedad en las paredes de la casa donde se mudó a vivir con su familia, en Ciudad del Valle.

No importa si El suicidio de una mariposa cambia nombres, son distinguibles la ciudad, los dos volcanes que la custodian, uno en actividad, y sobre todo, la exhibición de una violencia que se ha convertido en algo casi cotidiano. El autor que aplica su mirada y toma una anécdota como pretexto para plasmar su época, mencionó Isaí Moreno con respecto a lo anterior después de leer la cuarta de forros, escrita por Mario González Suárez, donde se resalta la violencia de la “voluntad ignota y cruel” que gobierna el mundo y a sus habitantes.

Tal gobierno, como dijo Esperanza Toral, rodea con un ambiente violento los sueños, las ilusiones del personaje que, después de lamentarse por la lentitud con la que transcurren los días restantes para la salida al cine con sus hermanas, cada dos domingos, termina percibiendo la marcha del tiempo como la de un tren descarrilado que avanza “al punto luminoso del no retorno”, escribe Isaí.

Habiendo leído el libro completo, descubro lo que Esperanza comentó. Pero, además, veo cómo ese ambiente violento no nada más rodea los sueños, sino que termina impregnándolos, contaminando cuanto un adolescente pudiera vislumbrar en su futuro. Y tal ambiente, parece, está construido más bien con pequeños actos, o con actos rodeados por la noche, por una multitud silenciosa, como para pasar desapercibido, por así decirlo, no con la notoriedad de una ejecución, por ejemplo, del narcotráfico, de las balaceras. En El suicidio de una mariposa el entorno hostil se compone de acciones cotidianas, como hojear una revista (llena de imágenes sangrientas), como la constante descalificación a un personaje, Saúl Castellán (cuando éste considera hipócritas a los demás y distinto a un Antonino que maltrata a su perro). Qué porquerías no se meterá, deciden las buenas conciencias refiriéndose a Saúl, tiene cara de perdido, no se acerquen a él ni permitan que se les acerque. Malviviente, malnacido, seguro algo hizo para merecer eso, rematan, mientras Castellán defiende en una ocasión a Antonino, evitando los golpes que le propinarían “los altivos de su clase”, citando al autor.

Pero esa sensación de violencia no se queda dentro del libro. Ignoro si la frustración y el descorazonamiento se derramarán por entre los dedos de otros lectores, pero eso ocurrió en el transporte, mientras empezaba a pasar las páginas de un único párrafo con la palabra “Baudelaire” puesta al inicio, párrafo compuesto por recuerdos, reflexiones, referencias a la muerte de John Lennon, a canciones con el nombre de Martha y a una película, Rumble fish (La ley de la calle, en español). Sentí mía esa falta de esperanzas que permea cada página. La vi, continúo viéndola. No pierde vigencia. Ahí siguen el enojo y la impotencia, por ejemplo, pero también la percepción de que las personas y el mundo están podridos y pudriéndose, casi sin excepción, como Ciudad del Valle, de la que Antonino escribe en algún momento: Ciudad del Valle empieza a darme mucho miedo. Jamás debimos mudarnos aquí. Ahí permanece de igual manera el miedo que paraliza y no se puede detener con nada, el perpetuo avance de esa podredumbre que, imparable, al invadir las ilusiones como si de una infección sin remedio se tratara, hace madurar a los más jóvenes en poquísimo tiempo.

 

El suicidio de una mariposa

Isaí Moreno

Terracota

Páginas: 96

$100.00