Desde mi sitio, en los lugares donde he permanecido casi sin moverme, un poco por comodidad y otro tanto por desgano, veo con asombro a quienes abordan autobuses o aviones, en el más lejano de los panoramas, y atraviesan las fronteras que dividen no estados sino países o incluso, líneas de altitud y latitud.

En ese escenario, a mis ojos bastante ajeno, imagino que ha de ser complicado llevar bolígrafos y una libreta, por ejemplo, o una grabadora, e ir registrando los propios pasos para darle cuerpo a un libro de viajes, a un volumen de ensayos, como es el caso del libro que presentaran Yussel Dardón y Federico Vite –en ausencia de Fernanda Melchor– el pasado 11 de octubre en el patio de Profética.

Difícil, supongo, pues un libro de esta naturaleza, por lo regular, está compuesto de actos como subir a un vehículo, recargar la espalda y los brazos en un asiento, mirar la ventana, el pasillo, la silueta dormida de otros viajantes, descender, buscar hotel o casa de huéspedes o cuarto para rentar, en fin, actividades cotidianas que, sólo quizás, podrían no azuzar la curiosidad del posible receptor de ese libro.

Por las palabras de Fernanda en voz de Federico, por las de Yussel, puedo ver que este no es el caso de La ciudad alucinada, de Rafael Toriz, libro publicado bajo el sello de Conarte. El autor, mencionó Federico durante su intervención, tiene la capacidad de combinar el dato duro y la cita precisa con grandes dosis de irreverencia, y un estilo entre lo docto de quien pasa la mayor parte del tiempo inmerso en un libro, y lo sencillo, lo natural, podría decirse, del que lleva a cabo su aprendizaje fuera de las aulas, en la llamada universidad de la vida, esa que otorga títulos que la mayoría de las veces no cuentan para ningún curriculum.

Por lo que pude escuchar, La ciudad alucinada, nombrado ganador del Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes el año pasado por los escritores Mauricio Montiel Figueiras, Ana María Gomis y Jezreel Salazar, es un libro distinto al común de viajes. Y es que en sus páginas se trenzan la entrevista, el diario, el ensayo.

Aquí regreso unos instantes al punto de partida; tampoco debe ser fácil unir estos puntos y el autor lo consigue para beneficio de sus lectores, que reciben, por ejemplo, un texto acerca del choripán que se prepara en Argentina.

El autor leyó dicho fragmento en una computadora portátil de tapa gris plata. La psicología profunda de las naciones, dijo Rafael Toriz, suele revelarse mediante sus cocinas. Luego, mencionó lo transitorio, lo veloz de comer en la calle, cómo este acto nos revela como una especie en tránsito permanente, y la extrañeza, por así llamarle, que le causó el choripán argentino –“consiste en un pan partido por la mitad, con un chorizo en el medio, nada más”– en comparación con la comida de otras regiones, más barroca, dijo, condimentada con especias, con picante.

Su comentario me remitió, de nuevo, a una entrevista a Alejo Carpentier, realizada en 1977, en el programa español “A fondo”; así que la región, la zona geográfica, no influye nada más en la forma de escribir sino en las recetas, en la cocina.

Y ahora, al teclear esto, también recuerdo un viaje a Aguascalientes, hace ocho años, más o menos. Se trata del lugar más lejano que he visitado en mi sedentaria vida. Llegué allá después de unas siete horas y media de autobús, en compañía de mi papá, con la emoción de haber ganado un premio de narrativa joven. Esta memoria llega no sólo por el viaje, sino porque, como Rafael Toriz leyó al micrófono, desayuné un tamal y atole en la calle, asombrada por el acento casi norteño de las personas, observando las revistas de un puesto y unas calles muy claras, luminosas, por completo desconocidas.

Así como ahora vuelvo a apropiarme de aquel 2005, del puesto de tamales a las casi ocho de la mañana, de la tarde–noche del 11 de octubre en Profética, Rafael Toriz se apropia, con su escritura, de la Argentina que experimentó, igual que si recogiera piedras o tomara fotografías, y construye un álbum de momentos, en palabras de Yussel Dardón, una ensarta de calles para perderse.

Y se me ocurre que muy bien podríamos apropiarnos de un sitio sin movernos kilómetros ni atravesar latitudes, que podríamos encerrarlo en una frase aun estando en otra orilla o a siglos de distancia, y que ello no implica sedentarismo; un espíritu curioso va a tomar posesión de épocas y lugares aunque el cuerpo que lo contiene esté en reposo.