Estuve a punto de negarle la entrada. “Perdón amigo, pero ya te hemos dicho que no puedes entrar.” (¿Amigo? Qué ridículo es llamar amigo a alguien cuando no se sabe nada de él −entre este pobre diablo y mi agonizante pobreza, ¿quizá? no existen muchas cosas que justifiquen el ser amigos−, más bien creo que esa palabra y voz vacía son resultado de la incomodidad de hacer algo que generalmente no agrada; dominar la hostilidad aún me cuesta). Y mucho menos puedo guardar tu bolsa sucia con comida, con esas sopas o trastos embarrados de grasa, esas tortillas y panes despedazados que sólo dejan moronas y mal olor en el guardabultos. Bueno, eso sólo se quedó en mi pensamiento y en unas ganas profundas de salir. Pero esta vez, el “Hunter S. Thompson Poblano” (así le llamamos con “cariño” a uno de los tantos personajes peculiares y atorrantes que nos “honran” con su visita en la librería)  no venía batido y oliendo a mierda, impregnado de orines por todos lados, lleno de vómito en la cara y en el pecho, con sus ropas rotas, sueltas, el pantalón abajo, sujetado con un nudo en la camisa pero sin evitar que se le vean las nalgas embadurnadas de cagada seca, temblando a punto de caerse por el consumo excesivo de alcohol o de algún otro estupefaciente; tampoco emitía los gruñidos típicos del animal en el que se convierte; eso sí, aún se notan los rasgos de golpes en la cara y anda un poco despeinado, ¡por supuesto! Pero ese detalle es normal en domingo, como cualquier otro adormilado huevón que anda de facha paseándose y perdiendo un poco el tiempo. La última vez que había venido, cuando la señora Poniatowska estaba comprando unos libros para sus nietos (pidiendo su respectivo descuento), el cabrón del “Hunter” también quería entrar, se puso al lado de ella y me dijo: “voy a pasar a ver unos libros” con esa vocecilla de niño frustrado, tímido. En esa ocasión sí se chingó −la señora Elenita acompañada de familia para cubrir su evento y el pinche “Hunter” abigarrado como la antítesis del glamour del momento-, le dije: ¡No amigo, no puedes pasar! (creo que ahí sí me vi bien culero y otra vez el falso amigo y el falso intento de ser cordial). Te me vas a la chingada ,“Hunter”. Bueno, eso también se quedó sólo en pensamiento y en unas ganas terribles de salir. Tal vez no lo comprendas o te valga madre, mi estimado “Hunter”, pero no vas a arruinar con tu desaforada apariencia la foto emotiva de Judy con Doña Elenita, ni el “espectáculo” librero. ¡No, señor! ¡No en mi turno ni en mi presencia!

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En mi proyecto recolector de historias, en la meta-clasificación “Escatológicas rarezas”, el “Hunter S. Thompson” resulta un excelente candidato. ¡Caray! Si en verdad fuera mi amigo, podría curiosear en ciertos detalles de su vida. Visitar su casa (o el lugar privado en donde se derrumba por completo), conocer de cerca su historia, indagar como lo hacen los metiches expertos. Es más, para relacionar mejor el personaje, voy a hacerme de uno de los tres ejemplares que llegaron de Fear and Loathing in Las Vegas de Hunter S. Thompson, el Gonzo1, el original; como complemento de las varias lecturas ya derivadas al respecto. Las condiciones en que las que “Hunter” se exhibe con frecuencia son tan deplorables que me provocan. Por ejemplo, cuando estaba sentado en calidad de muerto ejecutado frente a la entrada del Quinta Real, dándole postales a la “crema y nata” que se arrima por ahí; cuando se tambaleaba apoyado en la pared en una esquina mientras del otro lado de la acera unos adolescentes burlones y descerebrados le gritaban cosas ensañados con su estado, entonces el “Hunter” voltea con los pantalones abajo y medio pito asomándosele entre la desgarrada camisa para gritar: “schingueeenn a suu madreee, irrespeetuosooos, no schabennn nada de morraaaal”; cuando fue reportado por estar tirado frente al café oliendo a rayos y la policía se negó a subirlo a la patrulla porque iba a dejar manchada y apestosa la unidad que estaba nueva; o cuando su olor contrastaba mezclándose con las esencias del negocio perfumero donde estaba afuera tirado.

Existe una parte en mi conciencia que quiere comprenderlo (aunque se resiste). Recuerdo cuando se derrumbó la figura de mi padre adoptado, siendo yo un niño. Aquella vez que llegó “El Geu” apurado para avisarle al abuelo que mi tío (mi padre adoptado) tenía “un pequeño problema”, que fuera por él, que estaba en una calle junto al mercado, atrás de un almacén abarrotero. Salí corriendo por el otro lado de la calle para ganarle a los pasos lentos del abuelo; y a la distancia, ya cerca del lugar, un hombre estaba tirado en un rincón, perdido como un muerto abandonado, tuve un inmenso terror de acercarme y comprobar que era mi tío, el padre adoptado, aquel hombre inteligente que me hablaba del mundo de los libros, de autores, de escritura hermosa, que puso a Hesse en mis manos… ¿Dónde demonios quedaba todo aquello? Los libros no fueron suficientes, no tuvieron el poder de arroparle, de ser una parte necesaria para él. El “pequeño problema” pudo más que todo. Aún cuesta dominar la hostilidad.

Mi amigo el “Hunter” no se había parado aquí desde aquella vez. ¿Quizá anduvo resentido? ¿Quizá se fue a otra librería? ¿Quizá sigue teniendo el peso de los problemas existenciales? ¡No lo sé! Pero hoy se aparece con la misma carilla de pendejo desorientado (que me imagino es ser doblemente pendejo), pone en la barra su bolsa que hoy no luce grasienta, la amarra (no vaya a chingarle una tortilla dura o un pan que de seguro ya no es dulce) y me la entrega para que la resguarde en el portabultos. Levanta la cabeza, me observa, soy un poco más alto que él, así que ve hacia arriba y con timidez, esperando el madrazo hostil que le niegue y lo bote fuera de la librería. La consciencia carroñera me dice que le debo una entrada, un acceso; lo más seguro es que sólo eche una hojeada a los libros de fotografía, tal vez a él le sirvan mientras se aplasta en uno de los sillones monos; lo más seguro es que se largue sin comprarnos nada pero, después de todo, ¿cuántos clientes no compran nada y cometen pendejadas iguales o peores que las del “Hunter”? Hoy me sale lo indulgente. No puedes entrar, pienso… pero pásale.

 

 

Periodismo gonzo: un modelo de periodismo, creado por Hunter S. Thompson, que plantea eliminar la división entre sujeto y objeto, ficción y no-ficción, y objetividad y subjetividad. En 1970, Thompson escribió un artículo llamado El Derby de Kentucky es decadente y depravado (The Kentucky Derby is Decadent and Depraved) para una pequeña revista deportiva llamada ‘Scanlan’s Monthly’. Es el primero en el que el autor utiliza las técnicas de lo que posteriormente sería el periodismo gonzo. El primero que usó la palabra gonzo para describir el trabajo de Thompson fue el periodista Bill Cardoso. Cardoso conoció por primera vez a Thompson en 1968, en un bus lleno de periodistas viajando para cubrir el comienzo de las elecciones presidenciales estadounidenses en New Hampshire. Cardoso describió la aparición del artículo Kentucky Derby como una iluminación: “Ahora sí, esto es gonzo puro. Si éste es el principio, que siga llegando”. Thompson tomó la palabra de inmediato y, según Ralph Steadman, dijo: “Ok, eso es lo que hago. Gonzo”