Los vendedores de jugos trabajan a marchas forzadas en un intento inconsciente por abastecer de azúcar al mar de cerebros congregados. Esos manejadores de frutas no serán los culpables de que la glucosa no sea suficiente para nutrir la parte racional que evite el mal que sigue devorando a los pobres adolescentes sumidos en la incertidumbre que acecha como voraz reptil escondido bajo el agua, monstruo infalible que no desespera y que aguarda paciente el momento adecuado para asestar el golpe que acabe con la vida productiva y en ocasiones mortal del desafortunado. Miles de cerebros emprenden una labor de titiriteros macabros que han sido programados para manipular unos cuerpos imbéciles con nombre, que no sirven para esto, que no han sido dotados de capacidades suficientes, de una guía correcta para dedicarse por completo y con certeza a la opción ocupacional por la que hacen fila, para ejercer con verdaderas facultades la profesión por la que ahora están formados atendiendo las indicaciones del tipo con megáfono (zopencos de tal a tal matrícula aquí, zopencos restantes allá, les dice; todos titubean y se mueven como zombies tratando de encajar en algún lado). Sacan escapularios, cadenas y medallas de sus pechos para encomendar “a los altos poderes” las siguientes horas azarosas, el posible porvenir al que se avientan con un alto grado de ignorancia. Besan con unción imágenes y pulseras divinas, voltean al cielo ofreciéndole a las nubes o a seres extraterrestres sus íntimas debilidades. Algunas y algunos se dan fuerzas extras y vienen acompañados de mamá que les sigue cargando el folder con los documentos importantes. Al despedirlos, esa mujer que les soluciona la vida dará las indicaciones contundentes como lo ha hecho desde hace veintitantos años; les dibuja con sus dedos un ritual en la cara recomendando una vez más que se pongan en las manos invisibles y trasparentes del señor (que ostenta calidad de Dios, pero con nombramiento vulgar y mundano de señor). Otros siguen haciendo todo en bola como autómatas que están aquí porque el amigo o la amiga están aquí; que a su vez hacen lo propio porque obedecen a una “tradición familiar” que arrastra lastre por varias generaciones, que no se han detenido a pensar que existen otras opciones –prefieren por seguridad y comodidad recoger las migajas que otros antes que ellos han probado y dejado en lugar de trabajar las capacidades y los gustos propios encauzándolos en aras de su propia creación y realización. La ausencia de una decisión bien pensada les escurre por la cara. ¿Por qué te decidiste por esto? “Porque me queda más cerca de la casa/ Porque no está caro/ Porque ya tengo libros y todo lo que utilizó mi hermano (o algún otro familiar) y puedo aprovecharlos/ Porque ya tengo un lugar apadrinado”, entre tantas otras razones inverosímiles. La desatención, la desidia, el abandono de una consciencia que se ocupe de un plan sólido y capaz que pueda construir un porvenir plagado de satisfacciones importantes1.

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Pero la franca realidad, que no tolera a los bromistas ni a los despistados, dará la situación a cada uno sin perdonar a nadie, y entonces algunos pobres intentarán defenderse compitiendo con sus nulidades en la empresa de algún rico que también ha sido presa del monstruo de las “ocupaciones profesionales” (la estupidez no distingue, ni consiente a los que tienen dinero y los que no lo tienen, los abraza a todos por igual); otros tantos le estarán rogando a alguna de esas dependencias del gobierno especializadas en fortalecer “parásitos sociales” para que los ingrese en sus filas y sin hacer nada o casi nada, les pague bien y les conceda prestaciones que rayan en lo absurdo; otros más estarán deseosos de venderse a cualquier precio con tal de formar parte de alguna de las “maravillosas prisiones transnacionales” que los ocupe y exprima de ellos todo cuanto pueda para después lanzarlos a la calle por viejos, por ineficientes, o porque ya han creado una antigüedad incómoda.

Tarde o temprano, de manera lastimosa, la equivocación se paga en cuotas atroces que agobian a los desafortunados, creando un perfil que en breve será obtuso, desaforado, con ciudadanos torpes, negligentes, amargados; “profesionistas” que después de cada jornada buscarán algún lugar donde tomar cerveza o alguna otra madre en exceso hasta perderse, desahogándose sin querer saber a detalle el motivo o los motivos de la frustración constante de dedicarse a algo que no le corresponde, de haber estudiado algo que “no era lo suyo”, algo para lo que no se es ni se será bueno, condiciones lastimeras que con nauseabunda lentitud irán acabando poco a poco hasta vaciarle por completo. Pobres jóvenes que una vez más en la convocación en turno están aquí desorientados, tomando jugo sin cerebro, intentando un camino por estudiar algo, por atender la necesidad humana de dedicarse a algo, de valerse de algo (¡Por supuesto!, como una actividad fundamental de la supervivencia y desarrollo humano cuando se ejerce con conciencia y vocación). Pobres de ellos y pobres de nosotros que en el rol seremos víctimas o victimarios, pues como dice con justicia la letra del tango Cambalache escrito por Enrique Santos Discépolo:

“Que el mundo fue y será una porquería,  ya lo sé / Que siempre ha habido chorros, Maquiavelos y estafaos,  contentos y amargaos,  valores y dubles / hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. Todo es igual, nada es mejor; lo mismo un burro que un gran profesor / El que no llora, no mama, y el que no afana es un gil / que es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley “

 

Tómenlo con calma; hoy no se preocupen tanto, pero mañana ¡ya verán!

 

 

La satisfacción más importante, en todo caso, debiera ser aquella que se determina por uno mismo y sólo uno mismo como individuo pensante y capaz de decidir en función de sus propias capacidades, de sus propios gustos, de sus propias pasiones; podrá existir influencia externa –hasta cierto punto esto es inevitable– pero nunca ser factor determinante.