Esas crueles madres que sin ninguna consideración ni misericordia lanzaban cruentas amenazas a la recién florecida razón de su pequeñ@ ante la más mínima muestra de “diablura infantil” (para esas mamás, en el lenguaje adulto –exagerado–, esas diabluras infantiles tendrían un equivalente a algo así de irremediable, de insuperable y devastador como “papá tiene una amante y es la hermana de mamá o en su defecto la prima” (hoy ejemplos de rutina), o como “¡el pinche perro consentido ya mordió al misionero de la parroquia! ¡Ay no, qué va a decir el señor cura!”, o también “¡cómo se pudo quedar con ésa si es una mustia buena para nada!”, o de plano algo más trágico como la muerte inesperada de algún desabrido personaje con fama –como cuando le tocó a Paco Stanley). Con serenidad y dulzura, esas “pequeñas travesuras” podían ser tratadas con modos más amables, ¡pero no! Ahí estaban ellas, cargadas con su bella ignorancia y terrible enfado, amenazando a la pobreza infantil con el maldito personaje del Coco.

El  Coco que, junto a otros grandes y famosos personajes de las amenazas como la policía, el roba-chicos, el ropavejero, Dios que te está viendo, la bruja (no te preocupes querida Vale, no hay bruja más bruja que tu madre), el diablo –que no puede faltar porque es amigo inseparable de Dios y el ángel–, o de plano simplemente “el señor” (el señor se enoja si tocas eso, el señor te va a llevar; el señor le va a hablar a otro señor (igual de culero); el señor castiga a los niños que no obedecen a sus papás, entre un chingo de señores más que le hacen a todo), se la pasa aterrando el ambiente, fracturando el subconsciente de unos pobres niños mientras su figura poco a poco se programa de asustadizos bosquejos. En detalles como esos, la infancia se entretiene; cuando llega entonces el tiempo de crecer y suponer que todos esos personajes abusivos se han largado para siempre, que se han tomado unas vacaciones de donde nunca volverán, se cae en la cuenta de que sólo fueron parte de una estrategia macabra planteada por la ignorancia de mamá ¡Sí, claro! Sin ningún mal sentimiento o deseo de perjudicar (por lo menos conviene pensar eso), todo resulta parte de un plan desesperado por calmar el ímpetu natural e indomable de un ser humano cuando es pequeño. Se crece y se sopesan las acciones de otra forma (“¡Te pasaste, madre! Mira que gastarme bromas poniendo al Coco de pretexto…”), donde ya no hay malos sentimientos, sino todo lo contrario. ¿Y en qué quedó todo? ¿En una mala pasada?

¡Desdichadas madres que casi siempre tienen razón!

¡El Coco existe! ¡Y es tal como lo dijo ella!

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El Coco existe y anda rondando calles en su fiel intento de llevarse a los que se portan mal y a los que observan lo que hace. Se viste con ropas andrajosas, siempre sucio y ojos enfermos de locura; camina sobre las aceras tirando golpes al aire mientras grita con extremada fuerza… ¡shhhhaaaaa!, ¡shhhhaaaaa! Una distancia y vuelve a gritar, esta vez lanzando furia y leperadas en sus maldiciones a quien tiene cerca; por momentos se detiene y con ambas manos toma su cabeza y la frota con desesperación en círculos, de un lado a otro con las uñas como si quisiera desprenderse de algo que le estorba, sigue tirando golpes y le habla a alguien con voz entrecortada mientras gruñe como bestia, contamina el ambiente donde pasa por lo horrible de la peste que avisa de su arribo a metros de distancia, no tiene padre y mucho menos madre que le asista para calmarse un poco por las noches. Es un desgraciado sin cordura que se debate la reputación que le han creado; pasa por el rincón donde le observo con sigilo y miedo a que me descubra, revira un poco y me hago el despistado (en verdad le temo), suspiro con alivio y el muy maldito Coco se regresa para asomarse entre las hojas de una planta vieja como lanzando una advertencia por si se me ocurre verlo; aunque no lo quiera, siempre veo sus ojos tan perversos que en verdad me asustan. Como Jaime, quisiera decir que “el Coco y yo nos entendemos como dos buenos amigos” o, por el contrario, acercarlo a la ventana y esperar que se descuide para propinarle un empujón y gritarle ¡brinca y muere desgraciado!, pero no es así ni lo será porque le tengo mucho miedo; no se cansa, ronda y se mueve todo el tiempo, vaga, siempre vaga entre la calle y el recuerdo.

Con pesar acepto que la amenaza fue perfecta. Me ha dejado el bosquejo de ese ser perverso e inacabable que se mantendrá vigente y que de seguro vivirá en mis años. Malo, asqueroso, sucio, vil, dañino, que atenta la inocencia de los niños… Le agradezco a mi madre por ponerme sobre aviso de ese loco y su locura. El método pudo no ser bueno pero ha servido. ¿Qué sería si no tuviera antecedentes para reconocerle? Me tomaría por sorpresa y sería aún más terrible. Ante las posibilidades, pudo haber sido peor; así que tuve suerte. Melek-ric, Piet Zwart, Housecker, la variación del nombre es lo de menos, la perversidad es lo que cuenta. ¡Mentira que sólo venía por las noches! Yo lo he visto a plena luz del día (eso a él le tiene sin cuidado). Quizá se parezca un poco al Saturno de Goya que devora a su hijo, aunque más pequeño y desnutrido. Dudé de ella y ¡ahí está! ¡Maldito Coco! Ahora me asaltan grandes dudas. ¿Y ella cómo se enteró de su existencia? ¿También fue presa de amenazas? ¿Recibió también tajada de este mundo de fenómenos? ¡Pobre madre! Su crueldad tuvo un origen que ahora entiendo, pues del maldito Coco no se salva nadie.