Siempre me han gustado los libros que me hacen sentir incómoda, que me producen algún tipo de sensación que me cause conflicto. Me refiero a libros como Inmaculada o los placeres de la inocencia de Juan García Ponce o al cuento “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini. Descubrí El jardín de los suplicios cuando estaba en la mesa de novedades de Profética. Como siempre pasa con Impedimenta, lo primero que me llamó la atención fue la edición, así que sin darle mucha importancia comencé a leer la contraportada. Inmediatamente se me antojó leer el libro.

La novela se trata de muchas cosas. Supongo que esto se debe a que algunas de sus partes fueron escritas de forma independiente y al final, Octave Mirbeau decidió juntarlas. El libro comienza con “Frontispicio”, donde un grupo de hombres, en su mayoría académicos, discuten acerca del crimen y el asesinato como algo natural para el hombre, igual que comer o dormir. Esta discusión hace que uno de los participantes cuente su historia. En la segunda parte llamada “En misión”, el narrador nos cuenta cómo y por qué se embarcó hacía la India fingiendo ser un científico. Básicamente, se tuvo que ir del país por ser un político corrupto. En su viaje, conoce a una inglesa llamada Clara, de quien se enamora y ella lo lleva a vivir a China. Así comienza “El jardín de los suplicios”, la parte más inquietante y a mi juicio, interesante del libro.

La mayoría de las reseñas sobre esta novela se centran en comentar la relación evidente con el carácter anarquista del autor, la crítica al colonialismo, el caso de Deyfrus o la influencia del decadentismo. Incluso, en una de ellas, se menciona que es importante comentar todos estos aspectos porque una lectura superficial reduciría la novela a sus aspectos más escatológicos. Pues bien, a mí me interesa hablar sólo de estos aspectos. Debo confesar que cuando llevaba la mitad de la novela, me aburrió. La deje de leer un buen rato, hasta que alguien que conoce mis gustos —pues sí, un tanto pervertidos— me convenció de terminarla: la novela me hizo sentir incómoda.

Antes mencioné que las partes de este texto, en un principio, eran independientes. Un crítico comentó al respecto que El jardín de los suplicios “era un mounstro literario porque reunió a tres partes que no estaba hechas para ir juntas, hizo un collage”. Mi primera reacción fue que era un collage mal hecho, donde lo primero y lo segundo salían sobrando. Sin embargo, una reflexión motivada menos por el aburrimiento que me causaron estas páginas y más por el final, me hizo pensar que el último capítulo es tan perfecto, estéticamente hablando, gracias a la estructura monótona —hay que pensar en el relato enmarcado y toda la literatura que se ha escrito siguiendo este esquema— y al lenguaje frívolo, más de tratado filosófico que de novela decadentista. Además, si tomamos en cuenta todo lo que sucede al final, se podría decir que los primeros dos capítulos son estáticos (discusiones académicas y el viaje en barco)[1]. En “El jardín de los suplicios” pasa todo lo contrario: la lectura se acelera, las descripciones despiertan todos los sentidos y el lenguaje se acerca más al poético. Incluso, me recuerda a Las flores del mal: ambos libros exploran, desde la belleza, el lado más perturbador del ser humano. Y qué es más perturbador que hacer del asesinato algo bello y orgásmico.

Clara convence al narrador de que lo acompañe a una prisión China, donde una vez por semana se permiten las visitas para alimentar a los reos. Esto se describe como un evento social que atrae, principalmente, a extranjeros porque y como lo menciona Clara, nunca vieron algo tan hermoso: “yo he visto colgar ladrones en Inglaterra, he visto carreras de toros, he visto agarrotar anarquistas en España…Pero nunca vi nada tan hermoso como esos presidarios chinos”. Los espectadores y en concreto Clara, encuentran en la tortura y en la muerte un placer estético y sexual. Esto se ve muy claro cuando se describen el jardín y los pavorreales; cómo las flores son así de hermosas por la sangre derramada de los reos. La excitación de Clara se hace cada vez más intensa conforme se van describiendo las torturas; así mismo, el horror, asco y repudio del narrador hacía ella, se vuelve tan intenso que llega a pensar en matarla, pero sabe que eso es lo que Clara desea.

Para disfrutar El jardín de los suplicios hay que leerlo sin juicios morales y entregarnos al arte de la muerte, acompañar a Clara a explorar el placer en sentidos escatológicos y dejar que nos haga sentir tan incómodos como estemos dispuestos a estarlo. Cada una de las escenas de tortura está tan bien construida que hace que nos lamentemos —o bueno, me lamente— al igual que el verdugo, la decadencia occidental de la tortura. En lo personal, disfruté la tortura de la caricia, la cual consiste en masturbar a un hombre por cuatro horas hasta que le salga un chorro de sangre por la punta del pene. La del suplicio de la rata es quizá una de mis escenas favoritas no sólo del libro, sino de la literatura. Es esa clase de tortura, la refinada, imaginada y pensada con arte, la que hace que el libro sea escandaloso y delicioso.

Supongo que cada quien puede interpretar el libro como quiera. A mí me gusta la idea de entender El jardín de los suplicios como un reproche y una burla a la visión occidental del asesinato, la muerte, lo decadente. De cómo ésta se ha vuelto administrativa, burocrática, impersonal y con ello, ha perdido el carácter hermoso. Me hace sentir nostalgia de la tortura. Es un análisis de la conducta humana que nos recuerda que el placer de lo horrible, puede ser tortuosamente agradable.

Mirbeau, Octave.
El jardín de los suplicios
Madrid: Impedimenta, 2010.
Pp. 230.

 


[1] En el libro Memoria de Georges el amargado, Mirbeau sigue el mismo esquema: relato enmarcado, historia más o menos estática hasta llegar al final, donde el personaje se encuentra con la miseria del mundo. Parece ser que es un tema recurrente en su literatura, pero en El jardín de los suplicios hace algo más interesante e innovador para la época.


Francesca Dennstedt

Nací en Tijuana en 1988. Hace unos años decidí estudiar literatura lejos del imperio Yépez. Llegué a Puebla por casualidad y una beca. Trabajo en Profética mientras termino/comienzo mi tesis sobre la poesía de Luis Felipe Fabre (sí, como todos). Me gusta la literatura brasileña y los estudios de género. No quiero ser escritora.