El género policíaco escenifica las fantasías reaccionarias. A modo de constante metáfora, los grupos políticos que asaltan al estatus quo son representados mediante los individuos que se desvían de la norma de comportamiento habitual. El gobierno, los aparatos de castigos, el poder público, la violencia institucional toma cuerpo mediante el agente que debe controlar a los mencionados sujetos. La fantasía máxima de la mentalidad conservadora no es el objetivo último, difícilmente alcanzado, de las tramas policiales, al contrario, es la premisa básica desde la que se monta cualquier historia policial: aunque “ganen” los “malos”, la sociedad se ve fundamentalmente afectada. Esto es: no es posible la subversión. El orden que defiende el detective, el agente gubernamental, no puede ser sustituido por ningún otro, tan sólo puede sufrir desequilibrios que en última instancia nos afectan a un nivel moral. El triunfo del villano es terrible. El género policíaco parte de la premisa reaccionaria fundamental: no se puede cambiar a la sociedad.

Así se puede observar el desenvolvimiento de las distintas tramas policíacas como concesiones menores a la fantasía subversiva, incluidos todos sus matices: Jonathan Doe (Se7en,  David Fincher, 1995) es una persona imbuida del espíritu pre-moderno: un fanático religioso dispuesto a asesinar para trasmitir su mensaje moral. MORAL. Como cualquier hippie de izquierdas, Doe cree que hay un estándar vital superior a la organización socio-económica-política de la sociedad. Dentro del imaginario conservador, este ideal es políticamente inocuo. Doe no hace nada excepto juzgar a las personas. Su anemia partidista no obstante proviene de su carácter excepcional como sujeto social sin problemas económicos: de alguna manera es rico. La fantasía, diría Žižek nos ayuda a codificar el exceso obsceno de nuestras pretensiones con lo que podemos vislumbrar el matiz subversivo de la puesta en escena si atendemos a sus condiciones ocultas (por obscenas): Doe se lima las huellas dactilares. Esto no tiene ningún sentido a menos que ya haya cometido crímenes y se encuentre en las bases de datos del IAFIS. Doe no es en realidad ningún iluminado, es el resultado del sistema penitenciario: a la manera de un Jeffrey Dahmer, Doe es un “born-again Christian“. El fundamentalismo, sostiene Žižek en Bienvenidos al desierto de lo real, no es resultado del enfrentamiento entre el mundo pre-moderno y la pos-modernidad. Es el exceso de la modernidad que se revuelve contra ella misma. Bin Laden es CIA, etc.

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Es quizás por esto que nos resulta tan natural −la justificación explícita es que se trata de un verdadero monstruo− que Sommerset, uno de los agentes gubernamentales habilitados para despachar a este criminal, deba recurrir también al exceso obsceno de la ley para atraparlo (o al menos iniciar el proceso de captura): solicita a un amigo suyo que trabaja “desde dentro” los registros ilegales y el análisis que supuestamente hace el FBI de los libros que los usuarios retiran de las librerías públicas americanas. Así se cristaliza un punto hiper-reaccionario. No sólo tenemos el gobierno adecuado, sino que tras bambalinas, lejos de la sensiblería liberal, trabaja de maneras que nos permiten a todos vivir más tranquilos.

El resultado final puede verse de manera más clara como un tipo de correctivo (Doe “gana” a costa de la vida de Tracy, la esposa de Mills, detective compañero de Sommerset−quien despide el filme citando a Hemingway en la siguiente manera para acentuar el cataclismo moral que presenciamos:<<“The world is a fine place and worth figh ting for.” I agree with the second part.>>) si se le compara con los finales de películas en las cuales participan activamente en la búsqueda del criminal un tercer tipo de sujetos: aquellos a los que los agentes deben proteger del subversivo. Hay que notar que este desliz, la fantasía de que somos nosotros, los ciudadanos, quienes podemos proteger al estatus quo, a pesar de parecer una magnífica muestra de lealtad, es por lo general tratada con mayor desprecio por la fantasía conservadora: que no se pueda cambiar la sociedad proviene del hecho, más fundamental aún,  de que el gobierno no puede ser reemplazado por nadie.

Keller Dover (Prisoners,  Denis Villeneuve, 2013) se encuentra en una zanja después de haber dado con la raptora de su hija; ella lo ha obligado a someterse mediante una pistola. Dover es el prototípico vigilante que ha tomado la justicia en sus manos (en la fantasía masculina del protector de la familia) ante la ineficacia de su contraparte legal, el detective David Loki. Éste, en su función de vigilante del sistema, le da fin a la película escuchando la solicitud de ayuda que Dover emite desde la zanja, salvando también al subversor principal. Curiosamente, Loki se encuentra cerca por una casualidad, como fue casualidad también que detuviera (asesinándola) a la raptora de la hija de Dover. Ella también es una fanática cristiana que debido a la muerte de su primogénito ha decidido “declararle la guerra a Dios” raptando y matando menores de la localidad. Su principal herramienta para atraerlos es su hijo (en realidad, otro de los raptados) quien, epítome del desviado, es retrasado y no comprende el mal que hace al destruir el orden social. Dover lo considera desde un comienzo el principal sospechoso y llega al punto de raptarlo y torturarlo con tal de obtener información sobre el paradero de su hija. Así, cuando la esposa de Dover le pregunta a Loki, un vez que se conoce su fechoría y se encuentra desaparecido (en la zanja) si éste, una vez aparecido, irá a la cárcel, el detective responde que es lo más probable. El final, además de liberarnos de la sensación de injusticia total que sufriríamos al ver al padre muerto en el intento de rescatar a su hija, presenta el castigo institucional (la prisión) como un mal menor ante la muerte. Estamos en el extremo contrario del final de Se7en, aquí el ciudadano que ha intentado suplantar la violencia del estado ante la anormal naturaleza del subversor original, es salvado (redimido) por la casual benevolencia del Estado. No tenemos que sentirnos intranquilos por nada, a diferencia de la sensación de catástrofe que tenemos ante lo que ha padecido el detective Mills.

Como decía, no hay posibilidad real de la subversión en la trama policíaca. Incluso cuando el vigilante triunfa: Russell Baze (Out of the furnace, Cooper, 2013) se ve obligado a buscar y matar al asesino de su hermano de nuevo ante la ineficacia de la policía local. En este caso en particular, Baze se enfrenta a lo que Zizek, siguiendo a Agamben, denomina Homo sacer en el mencionado texto: seres humanos sin estatus legal quienes así se ven reducidos a la inexistencia, su curiosidad es que se desarrollan en el mundo universal de la legalidad, a veinticinco kilómetros de Nueva York. Se trata de la nación Ramapough Lenape quienes, no wonder, son representados como sujetos violentos dedicados al tráfico de drogas. Tras varios giros en la trama, Baze logra atraer a Degroat, el asesino de su hermano, a un terreno menos agresivo que su “fortaleza”/reserva indígena donde puede eliminarlo. Durante todo el trance final, Wesley, el policía local, confronta verbalmente a Baze—quien ya ha pasado por el sistema penitencial americano—sobre las posibles consecuencias de su acto de rebeldía (que, no olvidemos, es un acto en realidad de lealtad, pues no sólo elimina a un criminal, sino a uno que pertenece a una comunidad que no se conforma a las normas del estado americano). Al final, en lo que parece un pacto de caballeros, vemos a Baze (solo, melancólico y al parecer sin nada que hacer) en su casa y podemos suponer que ha evitado la prisión. La no tan sutil conclusión es que Baze puede salirse con la suya porque Degroat era un traficante de drogas por quien nadie presentará cargos. El giro, que podríamos suponer subversivo, termina encaminando aún más la agenda conservadora: hay que eliminar todo rasgo de homo sacer. El vigilante queda perfectamente asimilado y en el caso de Baze, quien pasó tiempo en la prisión por lo que no podría calificarse mejor que como un accidente, su culpa de alguna manera ha sido ya purgada. Su dolor moral—la falta de su hermano y su padre, un viejito que murió durante su estancia en prisión—se ve atenuado ante la falta de la prisión.

La única posibilidad de subversión (a saber, que el villano cambiara el orden de impartición judicial) queda excluida gracias al terrible daño moral que hace la victoria del subversor. El policíaco es el género reaccionario por antonomasia.