Por medio de una carta que no llegó a su padre, Franz Kafka dejó en claro algunas de las posturas que hicieron de él un hombre temeroso de la autoridad. Lo escrito en Carta al padre es un reclamo a las reglas básicas que jamás le parecieron honestas, órdenes cotidianas que le parecían hipócritas, que podían pasar como asuntos sin trascendencia, y que se volvían molestas porque su padre jamás ponía el ejemplo de sus mandamientos: escenarios que se reproducen generacionalmente, sin que haya alguien que rompa con ellos: cuando se come se guarda silencio, cuando el padre habla el hijo escucha. El hijo nunca tiene la razón.

centroSi uno recuerda la relación con su progenitor, tendrá en sus manos una idea que lo lleve a indagar sobre la familia, y el rol que desempeñamos como intrusos de la misma. Los padres no intentan formar, sino imponer una ley que ellos mismos vienen arrastrando.

La brecha generacional se extiende y en muchos casos la ruptura es necesaria, una ruptura que se forja cuando el individuo adquiere consciencia de ir más allá de la tutela de sus padres. Puede elegir, por el contrario, encerrarse en la jaula que el padre ofrece a sus hijos para atraparlos con la mentira de la mejor educación y el cuidado que en otro lado no encontrarían.

Los padres optan por la concentración de poder, para evitar fugas y reclamos, pero quizá no entienden que la educación viene de los ejemplos más que de las palabras, y esto es justamente lo que Kafka le reclamaba a su padre: el no poder comprender la contradicción entre el decir y  el hacer, entre su teoría y la práctica.

Seguramente, Kafka se molestaba porque su padre hablaba tras sus espaldas y comentaba  con sus conocidos: no sé por qué me tiene tanto miedo. Claro que no lo sabía, porque su ego imprimía ese cariz oscuro frente al hijo, la máscara era simplemente la de un tirano frente a su pueblo.

La rivalidad entre padres e hijos es un tema que se compone de retazos de incertidumbre, de respeto, de amor, pero también de odio y rencor, un lazo que se pudre y que se puede convertir en desgracia si no se tienen los arrestos suficientes para dejar de jalar cada uno por su lado. En realidad, una rivalidad milenaria.

El padre de Kafka se permitió un solo reproche: tú no has sufrido porque te doy todo, a tu edad tenía que trabajar y sacar a delante a tus hermanos.Yo me levantaba todos los días a las 5 de la mañana para ir a ordeñar las vacas y vender queso. El sufrimiento por parte del padre que ha dado la vida por los hijos se convierte en reproche, se nos hace ver que estamos mucho mejor que nuestro propio creador, nos hace pensar que hemos venido a sufrir y que todo lo que tenemos es por ellos. Y es verdad,  no podemos reclamar,  no hay nada más honesto de parte de nuestros padres que su realidad, pero muchos la llevan al extremo, mientras otros suavizan el tono: yo no quiero que pases lo mismo que yo. Y nos dan escuela y nos prestan dinero y nos mantienen en sus casas y nos la perdonan. Pero también puede suceder lo contrario, te corren y denigran como cualquier sujeto y te hacen ver como un inútil. Porque el sufrimiento no debe quedar sólo en el padre, también en la espalda del hijo.

La figura del padre es tan potente que caemos ante el influjo. No pretendemos desdeñarlo, ni contradecirlo, la figura paterna se presenta como mármol labrado a la perfección; aunque tenga miles de defectos y nosotros se los hayamos hecho notar, no debemos ir más allá de ese juego de libertades, podemos salir perdiendo. La figura paterna nos conmina a seguir frente a lo inevitable.

Cuando se ha llegado a cierto grado de miedo, no se puede hablar frente al padre, ningún pensamiento que vaya en contra puede ser emitido, es mejor no decir nada y seguir con la mirada los actos de aquel que te echó al mundo. El quehacer que te enseña debe ser reproducido a la perfección, no debe existir error alguno, porque uno piensa que le está fallando, y él piensa que ha creado un ser sin atributos. Los padres piensan que sus hijos deben tener un poder secreto que él mismo les ha heredado, pero jamás sucede, no tenemos nada más que la forma de su nariz o boca, sus malos humores y sus ojos siempre encima de nosotros. Nos quieren ver triunfar, sonreír, ganar, luchar y demostrarle que por ellos lo hicimos, quieren nuestras mentiras quizá, quieren nuestro esfuerzo que seguramente será recompensado con una palmada en la espalda: estoy orgulloso de ti.

Sólo aquellos que tienen una relación estrecha con su padre, y que viven por su sonrisa, la cual les ha mostrado que existe para aconsejar, sólo ellos conocerán la otra cara de la moneda, donde Kafka quizá añoró vivir.