Introducción

Voy a ser sincero. No tengo estudios en literatura y me importa  poco no ser atinado con mis comentarios respecto a obras que a otros les interesan y defienden; sólo emito mi punto de vista, que puede ser tanto apreciado como desdeñado, pero no trato de ofender a nadie con mi postura genuina, tal vez ignorante, sobre las lecturas que hago. ¿A dónde van a parar las letras que millones de escritores a lo largo de los años van expulsando de sí mismos? A la basura muchas de ellas, otras se quedan trepadas en los hombres que las han leído; pero las ideas se deslavan, agarran nuevos matices, mueren porque no se recuperan de esa transformación. Así quiero pensarlo. Lo mismo pasa con mis pensamientos, lo mismo con estos textos, ¿quién los lee en verdad?, acaso la editora. Soy un escéptico respecto a la función real de los textos en internet, me pregunto si son leídos o no. No le tengo confianza a las personas, quisiera esconderme cuando alguien dice, con voz de suficiencia, que algún libro es mejor que otro, o cuando leo los elogios a libros y sus autores, no los reconozco, me hacen sentir miserable. No sé por qué comencé a leer y ahora ya no puedo parar. Quizá con el paso de los años encuentre otra cosa en qué distraerme, y deje de estar jugando a dar opiniones sobre libros que muchas veces no entiendo.

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Siempre que alguien la nombraba, o cuando leía su apellido en alguna página web, o en el momento en que vi su nuevo libro publicado, me llegaba a la mente la imagen de Hermione Granger (personificada por Emma Watson), sin saber qué parecido real tenía con la escritora Valeria Luiselli. Luego venía la incertidumbre por no saber cuántos años tenía y dónde vivía y por qué, como tantos dicen, escribe tan bien.

La editorial Sexto Piso se encargó de proyectar su nombre por todo lo alto y editó unos libros bien bonitos que hasta ahora, después de tanta especulación, puedo leer. Son libros, pienso, que tienen un público y lectores concretos. Considero que libros así, que llegan a un grupo determinado, tienen los medios eficientes, pero también las puertas abiertas, para llegar a otros países y mostrar a la escritora, que unánimemente se ha hecho acreedora de buenas menciones por un trabajo que le ha tomado años poner sobre nuestras mesas. Escribir bien tiene atrás un sinfín de aristas que son la vida misma.

La historia de mis dientes es un experimento narrativo. Quiero pensarlo, me conviene pensarlo de esta forma, porque justificaría muchas cosas que no me parecieron del todo interesantes. Quizá digo esto por desidia y por no saber con quién estoy tratando, pero me imagino que si conociera a la autora, escribiría una reseña donde abusaría de su buena narrativa para ensalzarla; pero no, no me llenó el espíritu, no sentí gran cosa al leerlo, aunque me pareció interesante la visión que tiene de los escritores y la manera de ubicarlos en un espacio tiempo muy distinto al que vivieron y alejados de lo que en realidad son o fueron.

Es morbo lo que se genera alrededor de las y los escritores que comienzan a ganar notoriedad. Es el mismo morbo que genera un actor o un futbolista, sólo que de este lado es más solemne. El morbo me hizo preguntarme la edad y la situación sentimental de Luiselli. Qué me importan ese tipo de cuestionamientos.

Juan Orea escribió en una de sus reseñas: “sin más, me parece la mejor escritora joven de México. Y aunque la gramática lo oculte, esto quiere decir, la mejor de todos los escritores jóvenes de México.” No hay que exagerar. Uno jamás puede ser el mejor a riesgo de ser, por ejemplo, el menos peor. Decir que alguien es el mejor o que sobrepasa a tal personaje por diferentes cualidades, no dice absolutamente nada. Se estaría cayendo en un juego donde los gustos y las capacidades de los escritores no entran en disputa. Sería mejor decir por qué le parece interesante y cuáles son las dotes que prometen. Eso es lo que pienso respecto al comentario del señor Juan Orea. Respecto a la novela que leí, no puedo dar un punto de vista general sin antes leer Los ingrávidos y Papeles falsos. Vamos por partes. El libro La historia de mis dientes muestra un panorama de luces que brillan y se apagan, otras que son opacas y difusas; las luces son los escritores. Todos los escritores que aparecen en la novela, con nombres intervenidos, forman un panorama de luces que es también un cementerio. Un libro que con el paso del tiempo puede servir para constatar los gustos literarios de una escritora.

El personaje que se convierte en subastador, tiene una construcción tal que se maneja solo: es un héroe: sus rasgos están perfectamente delimitados, desde la forma de expresarse hasta su forma de pensar. Un personaje pasa a la posteridad por tratar de vendernos a un montón de escritores por medio de su dentadura. La construcción de Carretera me parece un trabajo loable, a pesar de que parar un huevo de gallina sobre una mesa, no siempre sea algo admirable.

Cuando terminé de leer el libro pensé: el título tiene que ver con la historia de sus dientes, sus dientes son entonces los escritores que presentó, sus dientes sirven para morder, la autora quiere dejar en claro que puede morder con el acervo que la resguarda, puede morder porque también ha dejado en claro que sus lecturas tienen un peso y que las ha sabido llevar a buen puerto, que es el desenfado que se presenta cuando los expone para venderlos. El personaje es una alegoría a la venta de un autor, de una vida, de un libro, a la venta de una existencia, puesto que hasta él mismo se vende ante el influjo de un hijo perdido.

La historia de mis dientes deja constancia (también) del mainstream literario mexicano, y nos ofrece otro modo de perfeccionar las ventas, de mirar al mercado como un conquistador que llega a través de aguas turbias. Es una novela que bien podría no decir nada, pero que muestra que una escritora puede hacer lo que desea con sus coterráneos por medio de la inventiva, y hacer de la literatura un juego donde las palabras puedan crear una casa para habitarla y permanecer hasta muy tarde, para luego salir a tomar el viento y mirar de un modo diferente la vida.

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Los ingrávidos

Me gustó. Me pareció una estructura interesante. Una historia que en alguna parte me hizo sentir miedo, angustia, tristeza, un sentimiento que se inoculó en mí y que se fue mostrando cada vez más amable. Las historias que se cuentan y que se encuentran en el camino, tienen una fuerza tal que construyen un significado, una estructura. Las estructuras de las novelas, son entonces la fortaleza que las mantendrá en pie con el paso de los años.

Con la lectura de Los ingrávidos me hice una idea más general de la escritora, ahora ya no la veo como una caricatura ni un sujeto al cual se le ha publicado en una editorial de prestigio, sino que encuentro a una mujer que nos expresa una preocupación vital por el mundo de la literatura y sus autores favoritos; el seguimiento a un fantasma, a un recuerdo, un seguimiento que desemboca en textos, sean ensayos o novelas.

Y ahora que, después de las lecturas, tengo más conocimientos, puedo encontrar enLa historia de mis dientes y en Los ingrávidos la tenue línea de un estilo que marca, se mueve y nos seduce. El estilo concreto de una escritora. Los escritores se repiten porque son ellos y no se pueden salir de la cáscara que los forma; pero en cuestión literaria, se puede modificar el hecho, la estructura, para que exista un resultado que agrade. Los ingrávidos es una novela que se planta bien en la literatura mexicana y que seguro dará muchos frutos, tanto para la escritora como para todo aquel que intente encontrar algo en el libro y llegue desinteresadamente.