La semana pasada se presentó el libro Borges y México, en conmemoración del veinticinco aniversario de la muerte del autor. El libro, dirigido por Miguel Capistrán tuvo que regresarse así,  listo para salir a las librerías, como estaba, a la imprenta. Esto debido a un error en un artículo de Elena Poniatowska en el cual, una vez más, le atribuía a Borges un poema llamado “Instantes”.

A menudo me gusta preguntar a mis amigos qué harían si un Borges de ultratumba los visitara y les propusiera dictarles todo lo que escriban con la condición de que ellos no volvieran a escribir nada de su autoría jamás.  La respuesta es siempre la misma: no lo aceptarían. La razón puedo imaginarla: cada quién tiene sus propias obsesiones, su propio estilo y su propio deseo de expresión y el ser únicamente prestanombres de un gran escritor, si bien podría dar prestigio literario, nunca generaría la satisfacción de recorrer uno mismo el camino (aunque, tengo que admitir, mi explicación favorita a la negativa del trato con Borges fue la de alguien que no encontraba forma de asegurar que el aparecido fuese en efecto el escritor y no el mismísimo Diablo).

Aquí, mi situación hipotética ocurrió al revés: un texto de un tal Don Herold, utilizado después por una tal Nadine Stair y traducido al español por algún desconocido,  fue atribuido a Borges hace 23 años y apareció, nada más y nada menos que en la revista Plural . Más adelante, en 1990, en Todo México, Elena Poniatowska vuelve a relacionar a Borges con el poema: en el libro, la autora utiliza una entrevista al argentino ya publicada en 1973 en Novedades, sin embargo, en la edición de 1990 agrega una mención a “Instantes”, atribuyéndoselo a Borges [1] . Ahora, en 2012, incluye esta entrevista en su versión de 1990 en el libro Borges y México de Capistrán. Sin embargo, esta vez, María Kodama pidió que se enmendara el error.

Todo el asunto me hace preguntarme varias cosas. Es aquí donde quiero invitar al lector que desconoce el texto “Instantes” a que se familiarice con él. Es probable que muchos de los lectores ya conozcan este poema, seguramente lo leyeron en una presentación en Power Point con imágenes de impresionantes atardeceres, gatitos tiernos y niños saltando la cuerda.

Lo primero que me pregunto es cómo pudo alguien creer que ese texto era de Borges. Al respecto, en una disculpa que publicó Elena Poniatowska en La Jornada, podemos sacar en claro que quien hizo que ella cayera en el error fue la también escritora Rosa Nissan quien, por cierto, se refirió al poema como una “maravilla”. Poniatowska, dando por cierta la maravilla decidió agregarla al libro en el que trabajaba. Así: sin sospechar, sin siquiera poner en duda que aquel poema cursilón y fácil fuera del mismo autor de Fervor de Buenos Aires.

Trato de imaginarme cómo fue, en primer lugar, que “Instantes” se atribuyó a Borges. Sólo se me ocurre que fue algún bromista, pienso, por ejemplo, en las sentencias ridículas que me gusta escribir en la barra de mi bar favorito y firmar con un “Sócrates”. Tal parece que en este caso la broma trascendió y se dio por cierta engañando a un montón de ingenuos, entre ellos Elena Poniatowska y, aparentemente, los encargados de cuidar la edición de Borges y México. Quiero pensar que “Instantes” no le pareció maravilloso a nadie y que en realidad lo que ocurría era el fenómeno del traje nuevo del emperador: es decir, todos sabían que el poema era más bien malo, sin virtudes literarias e intimidados por el nombre y el enorme capital simbólico de Borges todos fingieron sus mejores caras de asombro y conmoción literaria. ¡Pero qué bonito es el nuevo traje del emperador!

Ahora, ¿qué hubiera pasado si el poema fuera, en efecto, de Borges?, Poniatowska lo hubiera mencionado, de ello no queda duda. Pero, ¿se elegiría en las antologías del autor?, ¿todos hubieran seguido jugando al traje nuevo sin decir que aquello estaba a leguas de distancia de los otros poemas de Borges? Nuevamente estamos frente a la gran pregunta de la teoría literaria: ¿Qué es literatura y qué no lo es?, ¿quién decide qué es lo literario? ¿Es que acaso se pueden ir acumulando puntos de literariedad a través de los años y transferirlos sólo con una firma cuando se produce algo que no tiene la calidad necesaria?

No es la primera vez que se le atribuye un texto ajeno a algún escritor consagrado; ya García Márquez había tenido que lidiar, hace varios años, con un poema escrito por el titiritero que manipulaba a El Mofles (poema que, me parece, no está muy lejos en calidad a su lamentable Memoria de mis putas tristes) y basta navegar un poco por internet para encontrar infinidad de citas apócrifas atribuidas a gran número de autores. Lo que me llama la atención en este caso particular es que la trampa haya engañado no sólo a lectores principiantes o amateur, es decir, no quedó como un común hoax, sino que llegó a una de las revistas literarias más importantes del país y logró engañar –por lo menos– a dos escritoras y a todo un grupo de editores.  Ver la facilidad con la que se aceptó el poema como parte de la obra de Borges y como ha generado tanta polémica por el simple hecho de estar ligado al nombre del autor me hace pensar en replantear la pregunta que hago a mis amigos y preguntar ahora algo como: ¿Si Borges estuviera vivo y te dijera que va a publicar bajo su nombre todo lo que le dictes, aceptarías?

*Me gustaría agradecer a mi amigo Pepe Flores, gran amante de los hoaxes y las tomaduras de pelo, por compartir toda una lista de noticias y opiniones sobre el suceso mencionado.

 


[1] Iván Almeida tiene un artículo publicado por el Borges Center de la Universidad de Pittsburgh en el cual habla sobre la historia de “Instantes” y se rastrea a sus posibles autores. Vale la pena echarle un ojo y se puede consultar acá.

 

 

 


ALEJANDRA VERGARA

Nací en 1987 en el Estado de México. Ya ni sé qué tanto pasó después. Me gusta hacerle a la edición, pero me gusta más hacerle al cuento.