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Cuando escuchamos las palabras leer, biblioteca, libros, se nos vienen a la mente diversas ideas: aburrimiento, castigo, esfuerzo, dificultad, quizá el pavor de la siempre pendiente tarea escolar.

Seguramente podremos encontrar muchas explicaciones, sin embargo en el fondo no deja de ser paradójico, en estos tiempos de confort y hedonismo, el hecho de negarnos uno de los placeres máximos. Porque eso es leer. Gusto y placer puros. Borges decía que no leer la Divina Comedia de Dante es “entregarnos a un extraño ascetismo”.

Es negarnos un placer enorme, de éstos que por gratuitos e inútiles se agradecen y recuerdan siempre. ¿Por qué negarnos el placer de leer la Comedia? Se pregunta Borges como una manera de preguntarse por qué no leemos literatura.

Leer por gusto, por curiosidad. Leer literatura como la manera privilegiada de vivir todas las vidas que nos habitan y que no se resignan sólo a lo que estamos viviendo encerrados en este cuerpo siempre limitado. Leer como una manera de “escuchar con los ojos” las historias, los cantos y los cuentos que fascinaron a nuestros antepasados. Leer como un acto de rebeldía ante el absurdo de la muerte, de nuestro fugaz paso por el mundo. Contra la enfermedad y el dolor, aunque sean irremediables. Leer como acto de protesta silenciosa y fructífera contra la banalidad y la tontería. Leer para evitar que nos arrase la terrible realidad, en una graciosa huida hacia las ficciones (mentiras a fin de cuentas) que nos muestran con toda verdad lo que somos. Leer como un remedio contra la injusticia, el abuso de poder, la discriminación, el hambre y la miseria; como remedio contra todo lo odioso. Leer como una apuesta decidida por el conocimiento, la inteligencia y la emoción. Leer para celebrar la vida, como conjuro contra el miedo y la sinrazón. Leer para recuperar la memoria. Para saber quiénes somos, al menos por un momento. Quizá para reinventarnos. Leer para confirmar que la humanidad no tiene remedio pero que no somos los únicos en saberlo. Leer como confirmación de que yo sí pero nadie más lo sabe.

Complicidad con el otro en la tragedia que nos hermana, en el abandono y la enfermedad pero también en el gozo y la fiesta, en la celebración de la vida cuando se descubre que los giros caprichosos de la rueda que fortuna manipula no cesarán. Y que así es la vida.

Leer como testigos de la gloria, la maravilla de un verso afortunado, la redondez de una historia bien contada. Leer literatura como imposible acto de fe.

A estas lectura invita Profética, casa de la lectura especializada en literatura que abre sus puertas a todo el público todos los días de diez de la mañana a diez de la noche.